Ex libris
Viejas y nuevas lecturas

EL HOMBRE QUE TAN SÓLO ESTUVO ALLÍ

Por Kuratti - 11 de Enero, 2008, 14:28, Categoría: Ex libris

Ha muerto Pepín Bello. La muerte física de un genio del espíritu sólo debe servir para que la lentitud agónica de las horas se haga más insoportable. Nadie existió a quien se pudiera escuchar (aquí en L'Espagne) con tanto deleite, ningún orador, ningún intelectual, ningún escritor, ningún pensador, y a su manera Pepín no fue nada de ello pero todo al mismo tiempo. Algunos han hablado de él como catalizador de una corriente de vanguardia que se deslizó incauta y quebradiza en una tierra enferma, porque esa corriente tomó su forma e identidad de un grupo de personajes como nunca se ha parido en tan poco tiempo y en tan poco espacio. Pepín Bello decía que su persona era absurda porque su razón de ser había sido estar. Nunca se habla de Pepín Bello sin hablar de ellos. Es el que sólo estuvo. Tal vez por eso ha podido vivir 103 años de lucidez, de sarcasmo, de ironía fina, de alegría por haber vivido aquel instante, luego roto. Por recorrer las calles de Toledo en busca del vino de Yepes y de la máscara funeraria del cardenal Tavera, de los tugurios del Seco y de las chinches de la Posada de la Sangre. Con Pepín Bello muere la Orden de Toledo, y mi más sentido homenaje es nombrarle sin nombrar a aquellos que dotaron de sentido su ser público e inmortal. En un tiempo decadente, cabe la ínfima esperanza de pensar que todo es cíclico. Una palabra sola de Pepín Bello, en fin, tiene más valor que todos los gigas del cybermundo. Aunque esa palabra sea 'caca'.

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LOS ORÍGENES DE LA DEMOCRACIA GRIEGA

Por Kuratti - 23 de Enero, 2006, 21:23, Categoría: Ex libris

           Una reseña del libro de W. Forrest de mismo título con el subtítulo 'El carácter de la política griega, 800-400 a. Ch.'. Una invitación a leer esta obra maestra del ensayo histórico, editada por Akal en España el año 1988 y difícil ahora de encontrar. La foto es del autor de este blog en el teatro de Dioniso (verano del 2005).


     
Introducirse en el desarrollo de la convulsa política griega descrita por W. Forrest en esta obra que nos ocupa, equivale a penetrar en el sentido básico de la transformación más trascendente del hombre occidental. En este periodo de cuatro siglos, el espíritu griego avanza desde la moral del agón y del héroe homérico, desde la sonrisa arcaica de los kuroi y la explicación mítica del ser de las cosas, hasta la ilustración ideal que conduce durante el siglo V a los mayores logros de aquel espíritu en los diversos campos del arte, la literatura y la política.

            Parece ante todo que una idea esencial resalta por encima de todo lo que confiere Forrest a las páginas de su obra: la desmedida ambición de una población como la ateniense, madre de la democracia, inflada por las nuevas corrientes de pensamiento y por su mismo éxito en empresas anteriores (como la lucha panhelénica ante el enemigo persa), fue el terrible verdugo de la grandeza de su espíritu. Y eso se detecta desde las primeras líneas, donde se ponen en parangón la grandeza del drama trágico, máxima manifestación del ser ático, y la absurda ostentación del poderío naval ateniense antes de la desastrosa expedición a Sicilia el año 414. ¿Qué duda cabe de que esa era precisamente la intención de Eurípides al poner en escena Las Troyanas?

            Pero para que se llegara a ese trágico momento, en que la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso dejaría un estado de cosas tal que el dominio de la Hélade permanecería en suspenso, hubo de dibujarse una secuencia de actos que tiene por protagonistas esenciales a personajes claros, hombres como Solón, Clístenes, Efialtes, Licurgo, Pisístrato. Este es un momento de la historia donde la iniciativa individual en el contexto del demos, tiene la primera y la última palabra. Estoy convencido de esto. Son iniciativas individuales las que cambian el estado de las cosas en la Grecia que viaja desde la moral homérica a la democracia ateniense. Y también estoy seguro de que es el conflicto profundo entre el bello ideal del espíritu ateniense y sus turbias consecuencias (desmedido engreimiento, demagogia) lo que dejó a la Grecia sin su más claro timón y, después, en manos del dominio tiránico de Macedonia.

            Para hacernos comprender el proceso que conduce a la desintegración de los sistemas arcaicos, Forrest nos presenta como paradigma las revoluciones habidas en Corinto, Esparta y Atenas contra grupos oligárquicos. Pero estas revoluciones no siempre van a tener como resultado la desintegración de la oligarquía. Sólo en Atenas se avanzará hacia la democracia. Tanto en Corinto como en Esparta, la caída de las primitivas oligarquías dará paso a nuevos sistemas aferrados a nuevos elementos desestabilizadores del demos: eso es lo que ocurre en Corinto, donde la familia oligarca de los Baquíadas es destronada por Cipselo gracias al apoyo de la clase hoplita. Ya tenemos aquí el estigma de sociedades que van a basar su poder en el apoyo a líderes concretos de la clase militar: esto es lo mismo que ocurre en Roma desde tiempos de Mario.

            La revolución de Esparta se fundamenta a su vez en la constitución del mítico Licurgo. Forrest divaga unos cuantos párrafos acerca de la cronología de la ley, y la importancia de esta divagación reside en la propia conclusión del autor: si Esparta hubiera sido en todos los respectos un estado griego normal no hubiéramos tenido dificultad en proceder a fijar con mayor precisión la fecha entre el 660 y el 620. Sería inconcebible que una ciudad inferior a Corinto se le hubiera adelantado tanto en su evolución política. Las razones que nos aporta Forrest para rechazar tal fecha atañen a cuestiones de índole sociocultural. Evidentemente, Esparta fue una sociedad arcaica en muchos aspectos, aun durante el tiempo de la guerra del Peloponeso, y quizás quepa afirmar que en franco retroceso cultural. La poesía espartana que conservamos es la de Tirteo y el Partenio de Alcman, poesía del siglo VII. No hay producto literario posterior. Y es que la legislación de Licurgo encerró a la capital del Peloponeso en una única y paradigmática situación de servicio a la fuerza en la guerra. La oligarquía espartana pronto tuvo a su merced, antes que tuviera lugar la revolución, la fértil tierra adyacente de Mesenia. Lo que siguió a esta conquista fue una lucha, como la de Corinto, entre los más elevados estamentos del poder espartano que concluyeron en la estabilidad aportada por las reformas de Licurgo (de las que es la gerousía su más insigne símbolo). Es en esta estabilidad de sistema político, perenne a lo largo de los años, a salvo de la demagogia e incómodos vaivenes, donde hay que buscar uno de los fundamentales factores de la caída de Atenas frente a Esparta en la guerra del Peloponeso.

            La misma situación podía descubrirse en la Atenas del siglo VII. Grupos de familias eupátridas, oligarcas de buena cuna como los descendientes de Alcmeón, y un consejo supremo que atribuía su fundación al héroe Teseo, el Areópago, dominaban la escena política y económica de la ciudad. Pero aquí, la primera instauración de un código legal, el de Dracón, no va a servir para reforzar el sistema oligárquico. El resultado de las revueltas legales en Atenas va a ser la aparición en escena de una serie de personajes que, haciéndose eco de las necesidades de la población (y esta es la gran revolución, como la de los Gracos en la Roma del siglo II) van a permitir el camino hacia el sistema democrático que será la piedra angular de la admiración que la Atenas del siglo de Pericles infundirá en los tiempos venideros.

            Poco importa que las acciones de Solón, destinadas a liberar al pueblo del peso abrumante de las deudas y a ordenar a la población según la riqueza detentada por cada habitante, se vieran truncadas a corto plazo por la tiranía de Pisístrato y sus descendientes. Entre los medios utilizados por este Pisístrato para afianzar y recuperar su poder totalitario, llama la atención una anécdota narrada por Forrest en el marco de su alianza con Megacles. Y llama la atención porque resulta curioso, una vez más, el uso que hace el poder de la religión. Forrest se limita a narrar esto, no lo analiza: una agraciada campesina, disfrazada con el atuendo de la diosa Atenea, recorrió la región en carro junto con Pisístrato, y circuló el rumor de que la diosa en persona traía de nuevo a su favorito. No conocemos otro ejemplo en la antigüedad griega de un descaro tal en la manipulación de las creencias religiosas. Sin embargo, Pisístrato fue el instaurador de las distintas celebraciones que trajeron consigo a la larga las manifestaciones artísticas que hoy todavía nos conmueven: a las Dionisias se une el nacimiento de la tragedia y a las Panateneas la grandeza arquitectónica de la Acrópolis ateniense. No en vano, insiste Forrest, para el pensamiento ático, la época del tirano, no dejó de ser nunca una especie de Edad de Oro, donde el trabajo pasó a ser algo más que un medio de subsistencia.

            La amenaza persa y los hitos de Maratón y Salamina enseñan al mundo griego el poder de la Atenas Imperial. Vuelvo a aquello que esbozaba al principio: ¿cómo un pueblo dueño del absoluto don de la belleza, como dice Pericles en el discurso fúnebre que pone Tucídides en su boca, pudo caer en la inestabilidad que proporciona la ambición desmedida? Parece claro, a juzgar por las palabras de Forrest, que las reformas posteriores (la tribal de Clístenes, destinada a recuperar la fuerza de los Alcmeónidas, el trato de favor ofrecido por Cimón al demos), tendrían que venir a dar en dos resultados: la iluminación y el desastre. En Esparta no podía haber demagogos como Cleón, el charlatán que nos presenta Aristófanes como un vulgar salchichero.

            En este punto, el autor no se demora demasiado: si algo tenemos que reprocharle es que no pase por la figura de Pericles más que de puntillas, atendiendo al discurso de Tucídides, dejando incluso que se deslice la insinuación de que el gran arconte no era más que otro demagogo. Que Atenas se dejó llevar demasiado por su tendencia hacia lo bello, eso es algo evidente. Al menos los habitantes que habían ido fraguando la gran revolución social que cristalizó en la democracia. Pero no pueden olvidarse los hechos sucesivos, como parece hacer el autor. Los yugos macedónico y romano se encargarán, finalmente, de renovar el bello ideal de la belleza misma, y dejarán en la trastienda, por el momento, las conquistas que el griego guerrero había conseguido hasta entonces.

Antonio Curado


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ULISES EN PELOTAS

Por Kuratti - 24 de Diciembre, 2005, 17:53, Categoría: Ex libris

        Hoy he terminado, por fin, de leer 'Corazón de Ulises', de Javier Reverte, después de dos meses largos, acaso más. De ahí ese 'por fin'. Mas creo que es necesario, cuando uno tarda tanto en leer un libro, dar una explicación de esa demora, sobre todo si, como ahora, se intenta hacer público el acto de lectura a tanta gente como cabe en esta comunidad virtual. La razón fundamental no tiene nada que ver, desde luego, con otras lecturas lentas y espaciadas a causa del arte de degustar profusamente cada frase, cada verbo, cada palabra, en un acto sublime de temor por la transmisión poética. No. El libro lo he ido leyendo noche a noche, antes de dormir, normalmente tarde y debiendo madrugar, cansado ya. Y algunas veces 'Corazón de Ulises' me ha proporcionado la perfecta excusa para quedarme despierto más tiempo y estar hecho polvo al día siguiente. Otras me quedé dormido antes de pasar la página (¿recordás la canción de Lapido?). Pero si me quedaba despierto leyendo no era porque la pasión lectora se apoderara de mí. No. Era un profundo sentido de indignación el que me calaba hasta los huesos. Porque no he visto mayor desvergüenza que la de este señor en el negocio de las letras a día de hoy. Fíjense: hace tiempo que algunos cercanos me reprochaban mi nula preocupación por la literatura actual. Mi argumento básico es que a un tiempo limitado de vida y con tanto por leer, ¿a qué arriesgarme? Quedando tantas cartas de Cicerón, tanto siglo del oro, tanto Amiano Marcelino o tanto Borges, tanto Hegel o tanto Píndaro, ¿a qué viene desperdiciar el tiempo con autorías coeáneas que, tal vez me entretengan, difícilmente me trasladen a una instancia del absoluto? Pero acaso no me crees y tienes razón: es muy probable que dedique horas de lecturas a asuntos que no caben en esta rara tipología que acabo, desde lo clásico, por definir. Certo. Tiro por la borda muchas horas que podría dedicar a Tácito.

           Sea como sea, me cogí este libro de viajes, en realidad lo recibí del mio caro amico Chule (viejo conocido de este blog). Tras mi último viaje a Grecia, nada mejor que rememorar lo inmortal a través de otro viajero con 'alma y corazón del hijo de Laertes'. Y me zambullo en una experiencia que significa, ahora, que ME NIEGO PARA SIEMPRE A LEER LIBRO ALGUNO DE AUTOR ESPAÑOL DE LOS ÚLTIMOS 25 AÑOS. Y nótese 'español', '25 años'. El libro es profundamente ofensivo para cualquier viajero, para cualquier amante de Grecia, para cualquier mínimo conocedor del mundo antiguo. Cojamos al azar alguno de los momentos cumbre de su falta de respeto por el espíritu de Ulises: la visita a Missolonghi, la ciudad donde Lord Byron vio con su muerte enaltecer la esencia de la libertad griega. Sita en la lengua de agua que separa el continente del Peloponeso, en el golfo de Patras, el pueblo no tiene más encanto que cualquiera de los pueblecitos que jalonan el sagrado camino hasta Delfos (nótese que no cuantifico dicho encanto...). Cualquier escritor (como él gusta llamarse) o amante de la literatura pisa Missolonghi por Byron, y en Byron se detiene. Allí reposa su corazón. Por eso va allí Reverte. Pero se topa con un grave problema: la lluvia. Rechaza un paraguas porque cree que no va a llover, y toda su estancia (y el pasaje) se convierte en un lamento por no haberlo cogido. Busca la iglesia de San Espiridón, donde tenía entendido que se encontraba el corazón. Allí no hay rastro. Y después de deambular y calarse hasta los huesos, topa con una casa que parece ser donde se alojó el poeta. Una mujer le explica que trasladaron el despojo a un monumento en el cementerio municipal. ¿Saben qué dice Reverte?: Mi pasión por Byron había tocado fondo. Regresé al centro de Missolonghi, tomé otro café bien caliente y esperé el autobús de Patras [...] y convine en que aquella zona de Grecia no era un buen lugar para escritores y que debía largarme cuanto antes de allí (p. 332). ¿Es posible que un individuo que se considera a sí mismo "escritor", en la tierra que vio morir a Byron y quedarse manco a Cervantes, se retire de la tierra sagrada, de la posibilidad de arrodillarse ante la tumba del poeta, porque se está mojando? El acto es ridículo en sí, el lenguaje en el que lo narra de ínfima calidad literaria (me recuerda algunas redacciones de mis alumnos de 3º de la ESO no pocas veces), y, lo peor, la falta de respeto hacia el amante REAL de la literatura, el que ha soñado con besar el suelo de Missolonghi, es infinita: como el tipo es tan viajero no es capaz de apreciar LO QUE SIGNIFICA UN ACTO TAN SUBLIME, por el que algunos morirían. Reverte, tu acto ensucia y contamina el recto camino de Naupacto. Las musas se avergüenzan de ti.

          ¿Saben lo que dice de las Musas Javier Reverte? Lean: todas ellas fueron coleguillas de Apolo, dios del equilibrio y de las leyes. Compartieron con él las moradas del Parnaso. Lo que hacían allí arriba, en las noches oscuras, el dios y las dulces musas, tan sensuales todos, está sin escribir y es tan enigmático como los misterios de Eleusis [...] es seguro que hay dioses que tienen más suerte que otros, como fue el caso de Apolo. Nacer guapo siempre ayuda con las chicas (p. 319-320). ¿Coleguillas? ¿Guapo? ¿Suerte con las chicas? ¿Sabe este tipo de qué está hablando? Del lugar más sagrado que existe para el espíritu humano. Reverte, eres un sacrílego lego y viperino. Te arrojaba de la cumbre del Taigeto por tu osadía. ¿Cómo puede utilizarse el adjetivo 'coleguillas' para referirse a las Musas? Es obvio que el pollo no las conoce, y que bien se le ha vedado su conocimiento.

         Aparte de la narración de su viaje, donde no se corta un pelo por ridiculizar a algunos de los caminantes de la Hélade, en cuanto no le caen bien, algunas veces sólo porque no le apetece hablar con nadie (¡hazlo pero no lo digas encima jactanciosamente!), el libro pretende repasar los topoi míticos o históricos que jalonan los lugares que pisa: Pericles, los héroes homéricos, Jenofonte, Alejandro, los trágicos, los presocráticos, Leónidas, los Argonautas... cuando hace esto, es evidente que el "escritor" tira de Wikipedia, de Larousse o de cualquier bibliografía a disposición, y fusila todo, hasta los errores. Así descubrimos que Sófocles escribió 13 tragedias (p. 296, ardo en deseos de leer las seis que me faltan...) o que Platón defendió a su maestro Sócrates con un vibrante discurso. Esto último es terrorífico, porque demuestra un desconocimiento de la literatura griega devastador: para los que no lo sepáis, la Apología de Sócrates de Platón es una recreación del discurso de defensa hecho por el propio Sócrates ante las acusaciones vertidas contra él. La prosa, de Platón, el discurso, de Sócrates. Su tono coloquial es un insulto para la inteligencia no pocas veces (no estás escribiendo para parvulitos, querido), y su querencia por citar autores sublimes (Durrell, Miller, Jäeger...)  encendería de rubor sus rostros inmortales, por lo extemporáneo y fuera de lugar que están todas y cada una de las citas: esta es la obra que explica cómo no se debe citar. Sólo por eso merece una lectura.

        Javier Reverte me ha hecho un favor: nunca más volveré a caer en la trampa del resbaladizo best seller ramplón, aunque su sujeto sea Grecia. He aquí una patente prueba de que el planeta de las letras de nuestro maltratado país, está gobernado y en manos de un atajo de inútiles escritores, forrados hasta las trancas y burgueses de medio pelo que desconocen todo y de todo hablan sin respeto. A cavar zanjas los ponía yo.

                                                           Felices fiestas, lectores de 'El Bloggie de Kuratti'.

                                                                  Antonio Curado, 24 de diciembre del 2005

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