
En el documental que acompaña la edición ‘De Luxe’ de Sky Blue Sky, Jeff Tweedy explica la
inspiración de la canción que da título al disco. De regreso de alguna parte en
el coche de su padre, se ven metidos en un atasco por culpa de un desfile que
cruza las calles de Belleville. Los tambores redoblan, la banda desfila en
escrupulosa formación. El niño que ocupa el asiento trasero, mira el cielo azul
y deja la mente divagar mientras instancias y viñetas de un tiempo podrido
ocupan los pasos del futuro. La mirada desprovista de nostalgia que echa Tweedy
a esos recuerdos anecdóticos tiene el aroma, en un contexto urbano, del
incómodo retrato que hace Johny Cash de su infancia en los campos de algodón en
los primeros capítulos de su autobiografía. Es decir, el retrato de un tiempo
donde era posible quedarse maravillado con el capullo dulce que nacía en la
cabeza de la planta del algodón, o perder la mirada en los atascos donde
sonaban canciones inidentificables. Es un tiempo donde todavía se podía perder
el tiempo, donde las prisas impuestas por la rueda de la producción y la
velocidad de la red y los satélites permitían la reflexión y la pausa.
El
concierto de Wilco en Madrid el pasado viernes 9 de noviembre me produjo una
potente nostalgia, una incómoda sensación de no haber encontrado el rumbo,
porque, de alguna manera, me sentí transportado a un tiempo que no es éste.
Creo que cualquier consideración sobre la calidad musical, el nivel de
perfección desengrasada y el estatus de Tweedy, Stirrat and co. como “la banda
del siglo XXI”, es oropel que sobra. Primero porque lo que caracteriza a su
música no es su calidad. Segundo porque su “perfección” choca con la emoción
sin calcular que transmiten en cada acorde que pulsan. Tercero porque no son
una banda del siglo XXI. Pertenecen a una época que no tiene prisa, que pisa
segura de los pasos que tiene que dar y está totalmente convencida de que lo
que dice es la verdad.
Sobre
escena Wilco es una banda de contrastes físicos y visuales. Jeff Tweedy viste
un stetson que no parece concordar con las piezas más experimentales de A Ghost Is Born (como ‘Spiders
(Kidsmoke)’) o Yanquee Hotel Foxtrot, que
sigue siendo claramente su disco más reivindicado en directo. La version de ‘Pol
Kettle Back’, recuperada en una
versión más entrecortada, es el clímax de este ejercicio de reafirmación del
poderío extremo de aquel disco. En cambio A
Ghost Is Born reduce su presencia a las piezas que se han convertido en sus
emblemas: ‘The Late Greats’, ‘Spiders (Kidsmoke)’, ‘Handshake Drugs’ y, sobre
todo, ‘Hummingbird’, seguramente la canción más importante de la presente
década grabada por cualquier músico. Tan sólo faltó de esas canciones
atemporales, claves de A Ghost is Born, la
sublime ‘Theologians’ (interpretada
al día siguiente en Zaragoza). Eso es una señal inequívoca de la relación que
mantiene Jeff Tweedy con ese disco, algo muy semejante a lo que sucede con Summerteeth, obra de la que, por lo
común, sólo aparecen muy a menudo en el repertorio ‘Via Chicago’ y ‘A Shoot in
the Arm’. Lo de esta canción es una historia aparte que merece ser contada otro
día. Su estructura es muy simple, apenas tres acordes, y no en Do, aunque sea
en ese tono en el que caigan enamorados los dos interlocutores. Pero la
efectividad, la contundencia, la credibilidad de Tweedy cantándola, con la
misma energía liberadora, convierte la experiencia de escucharla en directo una
apoteosis imposible. Por si eso fuera poco, los momentos clave, la apoteosis de
Something in my veins, bloodier than
blood… se ha subrayado escénicamente con un juego de luces que hace que, si
ya estás metido en la escena, los fantasmas eléctricos salgan de ella para
llevarte junto a ellos.

He leído en
algún lugar críticas contra el papel de Nels Cline en la banda. Es sólo una
opinión de gustos, pero obviamente a estas alturas, Cline tiene un protagonismo
escénico del que carecía en la gira de A
Ghost is Born que permite que la sensación estos días se acerque más al
genuino sentimiento de estar viendo a una banda histórica, no como entonces,
cuando tan sólo el papel de John Stirrat te hacía sentir que no estabas viendo,
simplemente, a Jeff Tweedy con unos mercenarios. Wilco es, ahora mismo, una
banda consolidada. Y cualquier crítica que se pueda hacer a Sky Blue Sky o su actitud en escena (¿acomodaticia?
At least that’s what they said) es gratuita. Los críticos musicales deberían
esperar un par de meses a reciclar el aluvión de sensaciones a que te
transportan canciones como Impossible
Germany o Hate It Here. La
Riviera no es una sala que se caracterice por a garantía de un sonido impoluto,
pero el viernes el sonido que salía de los bafles era estremecedor. Yo no sé
quién diablos es el equipo técnico que llevan en sus giras, pero estos tipos
saben lo que se hacen. Un detalle revelador: estábamos situados AL LADO del
bafle gigante izquierdo, y al salir, ni uno solo de nosotros sentía el clásico tinnitus en las orejas, y el volumen
estaba muy, pero que muy, fuerte.
Al salir,
uno decía que le hubiera gustado escuchar ‘New Madrid’, otro que qué pena que
no habían tocado ‘Monday’, a mí me fastidió que no sonara ‘Theologians’, podían
haber tocado ‘ELT’, o ‘Box Full Of Letters’. Y es que es una cuestión de
tiempo. Si hubieran tocado un concierto de cinco horas, todos habríamos
aguantado sin rechistar, y no aguantado, sino volado con ellos. Ninguna banda
actual puede competir con un repertorio tan rico, tan heterodoxo, tan variado,
tan cañero. Ya no se hacen canciones así, ya no se tocan canciones así. Al
final del viaje, queda el puro rock and roll a toda castaña y un regreso a unas
raíces inexploradas. Al final del siglo la reina del casino se queda sin
aliento. Como nos sentimos todos los presentes aquella mágica tarde en La
Riviera. Queda el camino, queda un lento regreso hasta que tengamos la oportunidad
de volver a sentirnos así. La banda sigue tocando en perfecta formación. Los
tambores redoblan. El cielo azul tiembla por la mañana sobre el cielo de
Madrid, mientras los fantasmas de Belleville te recuerdan que todavía te queda
tiempo para ser testigo de epifanías que han chocado de frente contra la
oscuridad del siglo XXI. No. Wilco no es la mejor banda del siglo XXI. Wilco no
son de este tiempo. ¿Y de este planeta?
