16 de Julio, 2007

EL PUDRIDERO

Por Kuratti - 16 de Julio, 2007, 16:43, Categoría: Microensayos de la Realidad

          
Cuando leí las memorias de Paul Naschy el año pasado, uno de los capítulos que más me interesó fue aquél en el que nuestro Lord Ruthven particular hablaba de su experiencia rodando una serie de documentales para una productora japonesa sobre la historia de España. Gran parte del rodaje tuvo lugar en el Monasterio del Escorial. En cierto momento, Naschy habla, con ciertas reservas, de una incursión aprovechando un descuido, en el interior del pudridero. Dice que olía mal, que entre las siniestras tinieblas podía observarse la presencia de dos cadáveres cuya putrefacción iba cayendo por unos desagües, que su cámara rodo muy rápidamente y que salieron de allí por patas. No se extiende mucho. Una de las cosas que más coraje da de las memorias del Hombre Lobo es que, muchas veces, te da la sensación de que podría contar muchas cosas que se ha dejado en el tintero por no ahondar en la llaga. Una especie de autocensura respetable. Aunque a estas alturas bien podría dar más caña de la que da. Poner en su sitio a más de cuatro o cinco. En fin, de lo que yo quería hablar era del pudridero. La salita en cuestión es una estancia aneja al imponente Panteón de Reyes (hay otro pudridero al lado del Panteón de Infantes), donde se introducen los cadáveres de los reyes y sus consortes, hasta que de ellos no queda más que la canina (es decir, unos 20 o 30 años en principio). Después, los restos se introducen en una cajita de plomo que se coloca en los sarcófagos previstos al efecto. En la actualidad hay tres sarcófagos vacantes (y por cierto que aquí el nombre es impropio, porque, en griego, la palabra 'sarcófago' significa 'come carne'), que corresponden a los tres cadáveres que yacen el pudridero, los de la reina Victoria Eugenia (esposa de Alfonso XIII, muerta en 1969, que no fue madre de rey, y que por tanto significará una excepción), de Juán de Borbón (padre del rey y excepción a la regla, pues será el primer no rey enterrado en el Panteón, muerto en 1993) y de su esposa, Dña. María de las Mercedes (muerta el 2000). Eso significa que los reyes actuales no podrán ser enterrados aquí, claro está. Cuando Naschy visitó clandestinamente el pudridero, hacia 1980 (dentro sólo pueden entrar los monjes del Escorial: ¿acaso se estaba prefigurando el papel del Padre Jacinto, en La Orgía de Sangre de la Condesa Drácula
?), dice que había dos cuerpos, uno sería el de Victoria Eugenia, y el otro no podría ser más que el  regio cadáver de Alfonso XIII, muerto en 1941 (llevaría pues más de los 30 años señalados antes). Gracias a la Wikipedia, ese invento magnífico, descubrimos que el traslado de su cuerpo al Panteón  tuvo lugar en 1980. Sea, está claro lo que presenció el Padre Jacinto entre las sórdidas penumbras.

    Pero dejemos el acto en sí, y reflexionemos sobre la naturaleza de sí mismo. ¿Qué puede existir más contradictorio para la sublime belleza de los mármoles toledanos del Panteón de Reyes, que la tétrica existencia de tal estancia? Nada existe para la enferma mente humana más revelador, que el sepulcro de los hombres que, en virtud de avatares históricos, se han visto al frente de cursos de potencia del tiempo. Con el oropel del mármol y del oro se recubre el recoleto espectáculo de unos restos ínfimos, pestosos, ridículos, el resto físico de 'los grandes hombres'. Se lio una buena no hace mucho en Madrid cuando se creyó haber descubierto el sepulcro de Velázquez
, en Ramales. Un titular en el periódico sobre unas manos momificadas se preguntaban "¿Son estas las manos que pintaron 'Las Meninas'?". Extraño afán del hombre moderno este de encontrar el insolente resto físico del gran hombre. Fijaos el lío de Colón. Hace poco encontraron en Villanueva de los Infantes una tibia de Quevedo, y ahora se puede visitar su tumba.
  
  Siempre he sido gran aficionado en mis viajes a buscar los sepulcros de esos grandes hombres que he admirado: en Berlín visité la tumba de Marlene Dietrich, en Sète la de George Brassens, en París la de Truffaut, en Roma la de Keats y Shelley...y más que podría nombrar, amén de frecuentar la estupenda página Find A Grave, base de datos de cementerios. En realidad, cada uno de los sepulcros no es importante, en sí, porque contenga los restos putrefactos o en canina del individuo en cuestión, sino porque es un monumento, un recuerdo en la memoria terrena de esos hombres que, directamente, establecen un diálogo inmediato con los vivos. Si bien es una pena que se haya perdido la costumbre romana de interpelar al viandante a detenerse y reflexionar sobre su recuerdo. Miremos de nuevo a la tumba de la realeza. En otros tiempos, los egipcios se empeñaron en conservar el cuerpo en buen estado. Eso permite que hoy, el científico pueda hablar cara a cara con el cuerpo de la reina Hatshepshup, con el de Tutankamón o con el de Seti I (momia ésta la mejor conservada), pero menudo chasco que se llevarían si vieran como su preocupación por integrar a ese llagar de ultratumba al joven rey, se transmutaba en desespero irreverente de Howard Carter por separar el cuerpo mohoso de la momia de aquel espléndido sarcófago admiración de la arqueología. En lugar de dejar que el cuerpo perdiera sus sustancias perecederas, lo egipcios las extraían antes, introduciendo todas las visceras en los llamados vasos canopos, de modo que la putrefacción, como en el caso de los reyes españoles, no contagiaba el elevado absoluto del oropel del Panteón.

       Como en todo, los romanos fueron quienes llevaron ventaja, y a sus grandes hombres los quemaban. Su alma subía al cielo en forma de aguila, en proceso de apoteosis, y sus restos cinerarios eran depositados en urnas colocadas en el interior de monumentos fastuosos que recordaban al caminante la existencia prodigiosa de aquellos hombres. Más o menos donde hoy está Montecittorio, muy cerca de la Rotonda, se encontraba el Ustrinum, el lugar destinado a quemar los cuerpos de la familia imperial. En el centro del Gran Foro, y como mayor homenaje a la concepción simbólica de la fama eterna, una pequeña choza ruinosa, alberga una piedra deforme bajo el nombre de Ara Caesaris. Se supone el lugar donde quedó incinerado el cuerpo de Julio César y desde allí subió, en apoteosis, hacia la cima del Olimpo. La gente deposita flores y se inclina respetuosamente, mientras los gatos contaminan la zona de Largo Argentina, donde estaba la Curia de Pompeyo, lugar de su muerte. No hay ningún sepulcro, no queda ningún rastro suyo, como ocurre con Alejandro Magno, con Virgilio, con Mecenas, con Sócrates...Mas la necesidad de los hombres de rendirle tributo, de hablar desde la distancia con Julio César, provocan que esa piedra ajada del Foro esté más cerca de las estrellas que el pulido sepulcro de Don Juan de Borbón, mientras cualquier científico puede revisar, con permiso de los monjes, sus restos. Esa piedra fea, en fin, habla más que el cuerpo momificado prodigiosamente de un faraón egipcio, Seti I.





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