THE DAY OF THE LOCUSTS VOL. 2

Por Kuratti - 26 de Junio, 2007, 7:47, Categoría: New Groove of Trees

      Abundando en lo dicho en la última entrega del Bloggie, aquí os presento uno de los más sensatos escritos que he leído durante todos estos días acerca de la concesión del susodicho premio a Bobby Dee. El autor, Javier Usoz, es profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Zaragoza, y desconozco si será un aficionado habitual, pero lo que si tengo claro es que su análisis de la situación es mucho más preclaro que CUALQUIERA de las barrabasadas que se han podido leer por ahí.

EL MITO DE LA REVUELTA

Javier Usoz Otal

Profesor Titular de Economía Aplicada (Universidad de Zaragoza)

                Bob Dylan ha obtenido el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2007. Si no media un impedimento mayor, un día del próximo otoño el artista se vestirá de etiqueta y estrechará la mano del Príncipe Felipe en el Teatro Campoamor de Oviedo. Ya tuvo esa actitud respetuosa y protocolaria en 1970, a los veintinueve años, cuando la Universidad de Princeton le concedió un doctorado honorífico por su contribución a la música norteamericana. Y así se ha comportado, observando escrupulosamente las formalidades, cada vez que ha sido homenajeado. Más recientemente, en el año 2000, al recibir del monarca sueco el Premio Polar, el Nobel oficioso de la música, concedido por la Real Academia Sueca de la Música.

                Quienes se empeñan en reducir la figura de Dylan a la del héroe de la contracultura contestataria no asumen bien tanta pleitesía. Tampoco aceptan al músico profesional que actúa para quien le paga el caché, especialmente si el cliente pertenece al otro bando ideológico y si el bufón, encima, se muestra cortés. Su profesión ha llevado a Dylan a cantar ante Juan Pablo II, ante Bill Clinton, en el templo budista de Nara o en un casino de Las Vegas. Sus canciones se escuchan en la publicidad de entidades financieras. Algunas han sido distribuidas en exclusiva en los establecimientos de una multinacional de cafeterías. Bob Dylan, el "mito viviente y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo", según reza el acta del jurado del Príncipe de Asturias, ha promocionado recientemente una marca de lencería femenina, con una canción suya y actuando, por primera vez, personalmente en el anuncio.

                Esta faceta cortesana y este plegarse al mercado pueden ser interpretados como una grave incoherencia respecto a una obra que, en las hermosas palabras finales de dicha acta, "busca respuestas en el viento para los deseos que habitan en el corazón de los seres humanos". Sin embargo, creo que precisamente en esa aparente contradicción reside una porción importante del reconocimiento que recibe la obra de Dylan. Primero, porque es fruto de una costosa independencia y de una exigente moral individual. Segundo, porque la ambivalencia y la ambigüedad son parte esencial de su marca. Su obra, en música y en textos, es tradicional e innovadora, conservadora y transgresora, pueblerina y cosmopolita, country y rock, acústica y electrizante, barriobajera y aristocrática, secular y religiosa, prosaica y poética, melódica y rítmica, sencilla y sofisticada, íntima y social. En fin, como ejemplo reciente, su último disco se titula "Tiempos modernos" y está basado sin el menor disimulo en formas expresivas de hace un siglo. La maestría, la autenticidad y la originalidad con que ha logrado manejar toda esa dialéctica han contribuido a que la figura de Dylan tenga el respeto unánime de su profesión, cuando no una mayoritaria admiración.

                Algo parecido viene sucediendo con su "mensaje", con el que sintoniza un espectro ideológico muy amplio, de la izquierda a la derecha, pasando por varias generaciones de muchos países y con tradiciones culturales muy diversas. Sus melodías y sus palabras, que transmiten más preguntas que respuestas, hace décadas que no son patrimonio exclusivo de la progresía. Pertenecen a un nivel más profundo y compartido de la conciencia humana. Quizás, la del individuo confuso y contradictorio que, a pesar de todo, saca fuerzas de flaqueza y se mantiene erguido en la defensa de su libertad individual y de un puñado de valores esenciales que llamamos derechos humanos o amor al prójimo. Pensándolo un poco, se diría que la Fundación Príncipe de Asturias ha premiado este año, en las figuras de Al Gore y de Bob Dylan, a una versión renovada, colonial y ligeramente más cuerda del universal Don Quijote de La Mancha.


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