19 de Febrero, 2007

NO MORE SONGS Vol. 1

Por Kuratti - 19 de Febrero, 2007, 16:05, Categoría: Roll Over Beethoven

        Esto que sigue a continuación es el prólogo que escribí para un proyecto que se detuvo inmediatamente, un libro de divulgación crítica para los lectores de español sobre uno de mis mayores ídolos musicales, Phil Ochs. Me quedé en este prólogo, y no sé si en algún momento me atreveré, por tiempo o fuerza, a seguir con ello. Igual le doy la idea a alguien. No obstante, mirando entre viejos papeles, me ha parecido que era un texto lo suficientemente emotivo y profundo como para compartirlo con los lectores del Bloggie. No sé, tal vez siga con ello. Así por lo menos, os acercáis un poco a Phil Ochs, nuestro hombre del Paso.

      "La primera vez que oí hablar de Phil Ochs fue hace mucho tiempo. Diecisiete años. Eso sucedió gracias a la magnífica historia del Rock que publicó en fascículos dominicales hacia el año 1986 el diario El País, nunca reeditada ni actualizada posteriormente a pesar de lo altamente recomendable que dicha revisión sería. El capítulo 17, titulado Dylan y el Folk, concluía con una carilla que Ramón Trecet intitulaba Un Hombre en Guerra. La adornaba la foto de un hombre sentado apoyándose en una pared llena de carteles desvencijados, entre los que destacaba un anuncio de las elecciones primarias del partido republicano estadounidense, quedando poco visibles el rostro y el nombre del candidato. El hombre sentado era bien parecido, lucía un incipiente tupé y vestía de negro, con grandes botas negras, en la más pura tradición beatnik, aunque yo, que contaba por entonces 12 años de edad, no podía saber entonces las connotaciones de tan universal adjetivo. Su rictus serio, mirando hacia mi izquierda de soslayo, llamó poderosamente mi infantil atención.

      La información proporcionada por Trecet era sucinta pero me proporcionó las coordenadas básicas para entender las claves más relevantes de la vida de Phil Ochs. He aquí a un hombre comprometido con las causas políticas y sociales, con los derechos humanos, hasta el extremo más radical. Su carrera había arrancado en el Village neoyorquino a la par que las de Dylan, Tom Paxton, David Blue y tantas luminarias de los primeros sesenta y la era folkie. La relación con el primero parecía haber sido traumática: el ascenso a la categoría de estrella rutilante del firmamento rock de Dylan había provocado en Ochs (y en los demás compañeros de su generación) un patente sentido de inferioridad que, en este caso particular, había degenerado en la completa anulación artística de un hombre de talento y orígenes paralelos. Los setenta fueron para Ochs, contaba Trecet, años de decadencia y alcoholismo, degeneración que culminó en 1976 con el suicidio por ahorcamiento en casa de su hermana Sonny.

      Muchas veces volví, y sigo retornando, a este texto fundacional de Trecet, y en mi constante regreso, mi inconsciente buscaba que pusiera algo más. El texto impreso es inmutable en principio, pero mi exacerbada calentura mental a lo largo de los años, me empujaba a buscar nuevas claves en él, sobre todo claves de algo que no era referido en absoluto, su obra musical. ¿Dónde había discos de Phil Ochs? ¿Cuáles eran sus títulos? ¿Qué canción memorable había compuesto? Pues no es posible entender que se dedique un espacio tan amplio en una obra de aquellas características si tan sólo se justifica por lo que Trecet daba a entender, la actitud vital del único héroe auténtico de los años sesenta, el único que habría llevado sus postulados a sus últimas consecuencias. Tan sólo se citaba un éxito conseguido en voz ajena, el There but for Fortune popularizado por Joan Baez.

      Aun habría de caer en mis manos otro texto que versaba sobre la vida de Phil Ochs antes de que escuchara su voz por primera vez: se trataba del episodio titulado El perdedor del Village en el libro de Danny Faux Bob Dylan 3 (Alias Bob Dylan) en la mítica colección Los Juglares de la editorial Júcar, cuyo texto data de 1982, uno de los pocos años sabáticos, precisamente, en la carrera de Dylan. Como es de suponer, el texto de Faux intentaba establecer, con más o menos éxito, los puntos en común que existían entre Ochs y Dylan, pero a través de él era posible acceder a más y mejor información que aquella que Trecet proporcionaba en Un hombre en guerra. La inserción del episodio se justificaba por la historia de la Rolling Thunder Revue dylaniana, durante cuyos ensayos para la segunda parte, de 1976, tuvo lugar la muerte de Phil Ochs. Gracias a Faux, pude saber que en Ochs la nación Newport, la comunidad folkie, encontró una especie de baluarte después de la “traición” de Dylan de Junio del 65, su gira del 66 con The Band y la imponente trilogía ácida de aquellos dos años. Seguía, sin embargo, pensando yo que Phil Ochs se había quedado, en realidad, estancado en el folk protesta primigenio, en un modo de concebir la música irreductible y básico en la forma, que ese estancamiento explicaba su decadencia, su suicidio… El texto de Faux me sirvió también para tener conocimiento de otras canciones, sin duda estandartes de su obra de expresivos que resultaban los títulos, Changes y I Ain’t Marchin’ Anymore. Supe así también el nombre de un LP suyo, Greatest Hits, irónico título donde se escondía una amarga decepción por no haber encontrado jamás el reconocimiento popular, en el que se encontraba, por ejemplo, una pieza titulada Basket in the Pool, con la que se refería sardónicamente a una encantadora anécdota que había protagonizado él mismo, lo cual decía mucho de su capacidad irónica y autocrítica, cuyos niveles de ácido y bilis yo desconocía entonces, ignorante del episodio más oscuro de su vida.

         Por fin, en un catálogo de venta por correo frecuentado entonces por mí, con mayor vehemencia que ahora, desde luego, encontré una económica edición en CD de un disco publicado por la versión española de Folkways, Phil Ochs sings for Broadside. Por extraños avatares de la vida, ese disco ha desaparecido de mis estantes, pero significó entonces un giro extraño dentro de mi corazón, si bien su digestión fue lenta, al carecer de los textos de las canciones, que comencé a intentar transcribir sin demasiado éxito, lo suficiente para rasguear a la guitarra las piezas que aquella voz, quizás la más dulce que jamás hubiera escuchado, iba desgranando en medio del pésimo sonido de aquella edición. Había llovido mucho desde aquel lejano 86 en que leyera por primera vez Un hombre en guerra. Ahora la guerra estaba dentro de mí. Corría la primera mitad de la década de los 90, yo andaba por el ecuador de mis estudios universitarios y todo, todo me parecía decadencia y horror, el mundo estaba infectado: la horripilante exposición universal de Sevilla, donde vivía, en el 92, la incipiente cola del dragón de la bola global que ahora nos empuja, la corrupta clase política de nuestro país, la falsa sonrisa drogada de las huestes universitarias, la muerte del rock and roll, casi todo lo que antes me había parecido atractivo, se iba volviendo gris e inescrutable. ¿Cómo no sentirse revuelto y con las armas a punto cuando sonaba la voz de Phil Ochs entonando con una simple guitarra acústica The Marines have landed on the Shores of Santo Domingo, Changes, Crucifixion, Outside of a Small Circle of Friends o, sobre todo en aquel momento, Days of Decission?

      Fue así como el fantasma de Phil Ochs, intangible hasta ese momento, utopía, inexistencia y sospecha, se materializó sólidamente en mi vida. Aquel disco giró sin parar en mi reproductor de discos compactos, el primero, por cierto, en una época en que algunos vivíamos traumáticamente el trasvase del formato vinílico al digital. Sin embargo, en la Sevilla de mediados de los noventa era muy difícil encontrar un disco de Phil Ochs. Aun hoy. Por esa razón me llegó como agua de mayo la cinta que un gran amigo y poeta, Juan Frau, me compuso combinando en ella las canciones a su juicio más impactantes de los dos primeros discos en Elektra de Phil Ochs junto a piezas escogidas del sorpresivo Greatest Hits, disco este último que me trajo la faceta de un Ochs distinto, adornadas sus canciones con la concurrencia de instrumentos diversos en medio de melodías diferentes, especiales, indolentes: Jim Dean of Indiana, Boy in Ohio, Bach, Beethoven, Mozart and Me, se añadían a la incipiente mitología de coordenadas desesperadas que en mí, en el absoluto secreto de aquella gema que no puede compartirse con nadie, suponían las adaptaciones musicales de Poe y Alfred Noyes (The Bells y Highwayman), las proclamas antibelicistas (One more Parade, I Ain’t Marchin’ Anymore, Knock on the Door) o los comentarios sociales profundamente pesimistas (Iron Lady, Celia, Here’s to the State of Missisippi). Por aquel entonces, mi juicio había determinado que en el terreno del folk social de los primeros sesenta, nadie podía arrebatar a Ochs la corona del talento, ni tan siquiera el propio Dylan, y a duras penas podía comprender la razón de tan grave impopularidad. Tan sólo podría compartir con Juan Frau esta comezón. Gracias a él me di cuenta, además, de que la foto de Un Hombre en Guerra era la portada de I Ain’t Marchin’ Anymore, su segundo y mejor disco para Elektra.

Paralelamente a este proceso descubrí la página web de Trent Fisher, la más completa e interesante visión virtual de Phil Ochs en la red de redes. Por medio de ella conseguí leer los textos de las canciones que tanto me habían conmovido, llegando de este modo algunas de ellas a resultar auténticas losas sobre mi conciencia, definitivamente perturbada por tal modo de retratar la realidad. Los temas, aparentemente circunscritos a un momento concreto de la historia americana, por muchas razones que pretendo aclarar a lo largo de esta historia de Phil Ochs, se universalizaban diáfanamente y me hablaban con casi mayor confidencialidad que antes. Por entonces me hice con el tercer disco de Ochs para Elektra, el maravilloso Phil Ochs in Concert, todo él de material inédito. Ringin’ of Revolution, Canons of Christianity o Love Me I’m a Liberal daban cobertura a la cima melódica y sentimental que seguía siendo Changes y, más aun, a una misteriosa tonada que cerraba con estremecimiento tal despliegue de finura interpretativa: When I'm Gone, la primera de las ominosas composiciones que, en nostalgia, parecían preludiar el amargo fin de la vida de Phil Ochs. Pude observar en la página de Fisher otros ejemplos de esta desagradable tendencia a poetizar sobre el final, como The Passing of my Life, No More Songs o Rehearsals from the Retirement, pero habría de pasar algún tiempo hasta que estas canciones pudieran ser escuchadas.

Mi admiración por Phil Ochs no menguó los siguientes años, pero no fue amplificada por la posibilidad de escuchar distintos planos de su obra. Cayeron en mis manos los dos primeros discos, que conocía tangencialmente, y el póstumo A Toast to Those who Are Gone, con notas interiores de Sean Penn, tan ilustrativas para mi ya condición de fan como aquellos antiguos escritos de Trecet y Faux, disco éste que me acompañó en un inolvidable viaje a Roma, escuchando el tema homónimo junto a la tumba de John Keats y en la inmensidad del Palatino. Pero era imposible encontrar ningún otro disco más, al menos en la medida de mis posibilidades. Con algunas salidas a Inglaterra y la colaboración de las tiendas virtuales de la red de redes, ha sido posible que, al fin, haya caído en mis manos la discografía completa de Phil Ochs y los escasos libros que se le han dedicado por ahí fuera. A partir de aquí, mi creciente interés por Phil Ochs a través de los años, mi afición por el músico y el hombre que ocupaba en mi mitología particular un lugar paralelo al de Dylan, Cohen o Reed, ha pasado a convertirse en plana obsesión. El descubrimiento de sus experimentos musicales en Pleasures of the Harbor, de la sublime música contenida en Tape from California y, sobre todo, del pesimismo vitriólico convertido en piezas maestras en Rehearsals from the Retirement, han provocado que mi espíritu sienta una profunda deuda hacia Philip David Ochs que pretendo pagar con este libro. En ninguno de los artistas que he admirado en mi vida he logrado encontrar una mezcla semejante de coherencia, desespero, talento, gusto, vitalismo. Tan sólo el cine de John Huston y Truffaut y la música de Cohen pueden conseguir que en mi espíritu se asome la misma sensación de algo tan indefinible como lo que Ochs representa".


      PHIL OCHS VIDEOS YOU TUBE


    Es increíble como esa página nos ha permitido ver por fin actuaciones en directo de Ochs. Tanto tiempo, y sólo se nos permitía ese breve clip de la Historia del Rock... Aun así, un bien puñado de videos han desaparecido repentinamente de la página. Uno incluía una entrevista con Murray the K e incluso varias canciones...

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