Esto que sigue a continuación es el prólogo que escribí para un proyecto que se detuvo inmediatamente, un libro de divulgación crítica para los lectores de español sobre uno de mis mayores ídolos musicales, Phil Ochs. Me quedé en este prólogo, y no sé si en algún momento me atreveré, por tiempo o fuerza, a seguir con ello. Igual le doy la idea a alguien. No obstante, mirando entre viejos papeles, me ha parecido que era un texto lo suficientemente emotivo y profundo como para compartirlo con los lectores del Bloggie. No sé, tal vez siga con ello. Así por lo menos, os acercáis un poco a Phil Ochs, nuestro hombre del Paso.
"La primera vez que oí hablar de Phil Ochs
fue hace mucho tiempo. Diecisiete años. Eso sucedió gracias a la magnífica
historia del Rock que publicó en fascículos dominicales hacia el año 1986 el
diario El País, nunca reeditada ni
actualizada posteriormente a pesar de lo altamente recomendable que dicha
revisión sería. El capítulo 17, titulado Dylan
y el Folk, concluía con una carilla que Ramón Trecet intitulaba Un Hombre en Guerra. La adornaba la foto
de un hombre sentado apoyándose en una pared llena de carteles desvencijados,
entre los que destacaba un anuncio de las elecciones primarias del partido
republicano estadounidense, quedando poco visibles el rostro y el nombre del
candidato. El hombre sentado era bien parecido, lucía un incipiente tupé y
vestía de negro, con grandes botas negras, en la más pura tradición beatnik, aunque yo, que contaba por
entonces 12 años de edad, no podía saber entonces las connotaciones de tan
universal adjetivo. Su rictus serio, mirando hacia mi izquierda de soslayo,
llamó poderosamente mi infantil atención.
La información proporcionada por Trecet
era sucinta pero me proporcionó las coordenadas básicas para entender las
claves más relevantes de la vida de Phil Ochs. He aquí a un hombre comprometido
con las causas políticas y sociales, con los derechos humanos, hasta el extremo
más radical. Su carrera había arrancado en el Village neoyorquino a la par que
las de Dylan, Tom Paxton, David Blue y tantas luminarias de los primeros
sesenta y la era folkie. La relación con el primero parecía haber sido
traumática: el ascenso a la categoría de estrella rutilante del firmamento rock
de Dylan había provocado en Ochs (y en los demás compañeros de su generación)
un patente sentido de inferioridad que, en este caso particular, había
degenerado en la completa anulación artística de un hombre de talento y
orígenes paralelos. Los setenta fueron para Ochs, contaba Trecet, años de
decadencia y alcoholismo, degeneración que culminó en 1976 con el suicidio por
ahorcamiento en casa de su hermana Sonny.
Muchas veces volví, y sigo retornando, a
este texto fundacional de Trecet, y en mi constante regreso, mi inconsciente
buscaba que pusiera algo más. El texto impreso es inmutable en principio, pero
mi exacerbada calentura mental a lo largo de los años, me empujaba a buscar
nuevas claves en él, sobre todo claves de algo que no era referido en absoluto,
su obra musical. ¿Dónde había discos de Phil Ochs? ¿Cuáles eran sus títulos?
¿Qué canción memorable había compuesto? Pues no es posible entender que se
dedique un espacio tan amplio en una obra de aquellas características si tan
sólo se justifica por lo que Trecet daba a entender, la actitud vital del único
héroe auténtico de los años sesenta, el único que habría llevado sus postulados
a sus últimas consecuencias. Tan sólo se citaba un éxito conseguido en voz
ajena, el There but for Fortune popularizado
por Joan Baez.
Aun habría de caer en mis manos otro texto
que versaba sobre la vida de Phil Ochs antes de que escuchara su voz por
primera vez: se trataba del episodio titulado El perdedor del Village en el libro de Danny Faux Bob Dylan 3 (Alias Bob Dylan) en la
mítica colección Los Juglares de la
editorial Júcar, cuyo texto data de 1982, uno de los pocos años sabáticos,
precisamente, en la carrera de Dylan. Como es de suponer, el texto de Faux
intentaba establecer, con más o menos éxito, los puntos en común que existían
entre Ochs y Dylan, pero a través de él era posible acceder a más y mejor
información que aquella que Trecet proporcionaba en Un hombre en guerra. La inserción del episodio se justificaba por
la historia de la Rolling Thunder Revue dylaniana,
durante cuyos ensayos para la segunda parte, de 1976, tuvo lugar la muerte de
Phil Ochs. Gracias a Faux, pude saber que en Ochs la nación Newport, la
comunidad folkie, encontró una especie de baluarte después de la “traición” de
Dylan de Junio del 65, su gira del 66 con The Band y la imponente trilogía
ácida de aquellos dos años. Seguía, sin embargo, pensando yo que Phil Ochs se
había quedado, en realidad, estancado en el folk protesta primigenio, en un
modo de concebir la música irreductible y básico en la forma, que ese
estancamiento explicaba su decadencia, su suicidio… El texto de Faux me sirvió
también para tener conocimiento de otras canciones, sin duda estandartes de su
obra de expresivos que resultaban los títulos, Changes y I Ain’t Marchin’
Anymore. Supe así también el nombre de un LP suyo, Greatest Hits, irónico título donde se escondía una amarga
decepción por no haber encontrado jamás el reconocimiento popular, en el que se
encontraba, por ejemplo, una pieza titulada Basket
in the Pool, con la que se refería sardónicamente a una encantadora
anécdota que había protagonizado él mismo, lo cual decía mucho de su capacidad
irónica y autocrítica, cuyos niveles de ácido y bilis yo desconocía entonces,
ignorante del episodio más oscuro de su vida.
Por fin, en un catálogo de venta por
correo frecuentado entonces por mí, con mayor vehemencia que ahora, desde
luego, encontré una económica edición en CD de un disco publicado por la
versión española de Folkways, Phil Ochs
sings for Broadside. Por extraños avatares de la vida, ese disco ha
desaparecido de mis estantes, pero significó entonces un giro extraño dentro de
mi corazón, si bien su digestión fue lenta, al carecer de los textos de las
canciones, que comencé a intentar transcribir sin demasiado éxito, lo
suficiente para rasguear a la guitarra las piezas que aquella voz, quizás la
más dulce que jamás hubiera escuchado, iba desgranando en medio del pésimo
sonido de aquella edición. Había
llovido mucho desde aquel lejano 86 en que leyera por primera vez Un hombre en guerra. Ahora la guerra
estaba dentro de mí. Corría la primera mitad de la década de los 90, yo andaba
por el ecuador de mis estudios universitarios y todo, todo me parecía
decadencia y horror, el mundo estaba infectado: la horripilante exposición
universal de Sevilla, donde vivía, en el 92, la incipiente cola del dragón de
la bola global que ahora nos empuja, la corrupta clase política de nuestro
país, la falsa sonrisa drogada de las huestes universitarias, la muerte del
rock and roll, casi todo lo que antes me había parecido atractivo, se iba
volviendo gris e inescrutable. ¿Cómo no sentirse revuelto y con las armas a
punto cuando sonaba la voz de Phil Ochs entonando con una simple guitarra
acústica The Marines have landed on the
Shores of Santo Domingo, Changes, Crucifixion, Outside of a Small Circle of
Friends o, sobre todo en aquel momento, Days
of Decission?
Fue así como el fantasma de Phil Ochs,
intangible hasta ese momento, utopía, inexistencia y sospecha, se materializó
sólidamente en mi vida. Aquel disco giró sin parar en mi reproductor de discos
compactos, el primero, por cierto, en una época en que algunos vivíamos
traumáticamente el trasvase del formato vinílico al digital. Sin embargo, en la
Sevilla de mediados de los noventa era muy difícil encontrar un disco de Phil
Ochs. Aun hoy. Por esa razón me llegó como agua de mayo la cinta que un gran
amigo y poeta, Juan Frau, me compuso combinando en ella las canciones a su
juicio más impactantes de los dos primeros discos en Elektra de Phil Ochs junto
a piezas escogidas del sorpresivo Greatest
Hits, disco este último que me trajo la faceta de un Ochs distinto,
adornadas sus canciones con la concurrencia de instrumentos diversos en medio
de melodías diferentes, especiales, indolentes: Jim Dean of Indiana, Boy in Ohio, Bach, Beethoven, Mozart and Me, se
añadían a la incipiente mitología de coordenadas desesperadas que en mí, en el
absoluto secreto de aquella gema que no puede compartirse con nadie, suponían
las adaptaciones musicales de Poe y Alfred Noyes (The Bells y Highwayman),
las proclamas antibelicistas (One more
Parade, I Ain’t Marchin’ Anymore, Knock on the Door) o los comentarios
sociales profundamente pesimistas (Iron
Lady, Celia, Here’s to the State of Missisippi). Por aquel entonces, mi
juicio había determinado que en el terreno del folk social de los primeros
sesenta, nadie podía arrebatar a Ochs la corona del talento, ni tan siquiera el
propio Dylan, y a duras penas podía comprender la razón de tan grave
impopularidad. Tan sólo podría compartir con Juan Frau esta comezón. Gracias a
él me di cuenta, además, de que la foto de Un
Hombre en Guerra era la portada de I
Ain’t Marchin’ Anymore, su segundo y mejor disco para Elektra.
Paralelamente
a este proceso descubrí la página web de Trent Fisher, la más completa e
interesante visión virtual de Phil Ochs en la red de redes. Por medio de ella
conseguí leer los textos de las canciones que tanto me habían conmovido,
llegando de este modo algunas de ellas a resultar auténticas losas sobre mi
conciencia, definitivamente perturbada por tal modo de retratar la realidad.
Los temas, aparentemente circunscritos a un momento concreto de la historia
americana, por muchas razones que pretendo aclarar a lo largo de esta historia
de Phil Ochs, se universalizaban diáfanamente y me hablaban con casi mayor
confidencialidad que antes. Por entonces me hice con el tercer disco de Ochs
para Elektra, el maravilloso Phil Ochs in
Concert, todo él de material inédito. Ringin’
of Revolution, Canons of Christianity o Love
Me I’m a Liberal daban cobertura a la cima melódica y sentimental que
seguía siendo Changes y, más aun, a
una misteriosa tonada que cerraba con estremecimiento tal despliegue de finura
interpretativa: When I'm Gone, la
primera de las ominosas composiciones que, en nostalgia, parecían preludiar el
amargo fin de la vida de Phil Ochs. Pude observar en la página de Fisher otros
ejemplos de esta desagradable tendencia a poetizar sobre el final, como The Passing of my Life, No More Songs o Rehearsals from the Retirement, pero
habría de pasar algún tiempo hasta que estas canciones pudieran ser escuchadas.
Mi
admiración por Phil Ochs no menguó los siguientes años, pero no fue amplificada
por la posibilidad de escuchar distintos planos de su obra. Cayeron en mis
manos los dos primeros discos, que conocía tangencialmente, y el póstumo A Toast to Those who Are Gone, con notas
interiores de Sean Penn, tan ilustrativas para mi ya condición de fan como
aquellos antiguos escritos de Trecet y Faux, disco éste que me acompañó en un
inolvidable viaje a Roma, escuchando el tema homónimo junto a la tumba de John Keats
y en la inmensidad del Palatino. Pero era imposible encontrar ningún otro disco
más, al menos en la medida de mis posibilidades. Con algunas salidas a
Inglaterra y la colaboración de las tiendas virtuales de la red de redes, ha
sido posible que, al fin, haya caído en mis manos la discografía completa de
Phil Ochs y los escasos libros que se le han dedicado por ahí fuera. A partir
de aquí, mi creciente interés por Phil Ochs a través de los años, mi afición
por el músico y el hombre que ocupaba en mi mitología particular un lugar
paralelo al de Dylan, Cohen o Reed, ha pasado a convertirse en plana obsesión.
El descubrimiento de sus experimentos musicales en Pleasures of the Harbor, de la sublime música contenida en Tape from California y, sobre todo, del
pesimismo vitriólico convertido en piezas maestras en Rehearsals from the Retirement, han provocado que mi espíritu
sienta una profunda deuda hacia Philip David Ochs que pretendo pagar con este
libro. En ninguno de los artistas que he admirado en mi vida he logrado
encontrar una mezcla semejante de coherencia, desespero, talento, gusto,
vitalismo. Tan sólo el cine de John Huston y Truffaut y la música de Cohen
pueden conseguir que en mi espíritu se asome la misma sensación de algo tan
indefinible como lo que Ochs representa".
PHIL OCHS VIDEOS YOU TUBE
Es increíble como esa página nos ha permitido ver por fin actuaciones en directo de Ochs. Tanto tiempo, y sólo se nos permitía ese breve clip de la Historia del Rock... Aun así, un bien puñado de videos han desaparecido repentinamente de la página. Uno incluía una entrevista con Murray the K e incluso varias canciones...