Leía hace algún tiempo una interesante reflexión-exposición
acerca de los usos y abusos sexuales y amorosos en la antigüedad
clásica. Claro es que podrían hacerse allí algunas
precisiones al asunto, como a todo,un asunto tratado de todas formas
con cierto tino. ¡Ah, mi dulce Roma! Entre estas flores enfermas de
la perversión erótica, toca de pasada el autor la
anécdota que narra Juvenal acerca de la emperatriz zorra
Mesalina, quien acostumbraba a vender su cuerpo en la Subura a todo
macho en celo que por allí pasara. Así que si os place,
os ofrezco aquí el fragmento, un fragmento sin desperdicio,
como vereis abajo. Se trata del texto comprendido entre los versos
115-132 de la sátira VI de Juvenal (en la edición que
manejo, la insuperable de W.V. Clausen, se altera el orden de los
manuscritos [118-117] y se suprime el verso 126 que yo incluyo aquí).
Vais a ver, vais a ver (para quien esté interesado en la
poesía satírica de Juvenal, recomiendo la traducción
de F. Socas publicada en Alianza, fina en todos los sentidos):
Vuelve
tu mirada hacia los émulos de los dioses, escucha
lo que
Claudio soportó. Al notarlo dormido su esposa
atreviéndose
a tomar la capucha en el Palatino
la
Augusta furcia y a dejar en la habitación una tapadera,
le
abandonaba con la única compañía de una esclava.
Ocultando
su cabello moreno con una peluca rubia,
entraba
en el tibio prostíbulo con ajados harapos,
en el
aposento, vacío y suyo; entonces, desnudas sus tetas
doradas,
pone en la entrada el falso nombre de Lycisca
y muestra
tu vientre, noble Británico.
Recibía
dulcemente a los que entraban , les pedía dinero,
y sin
parar se tragaba tendida las acometidas de todos.
En cuanto
el proxeneta despacha a sus chicas,
triste se
marcha, aunque, ya que pudo, cerró la última
su
aposento, ardiendo todavía por la comezón de su vulva
tiesa,
cansada
de hombres, no saciada todavía se retiraba,
y sucia,
con las mejillas negras, por elhumo de la lucerna,
contaminada
llevaba a su almohada el olor del prostíbulo.
Esta
Mesalina, hija de Barbato Mesala, primo del emperador Claudio, fue
esposa aceptada y amada, al parecer, hasta que Claudio tuvo noticia
de sus desvaríos ninfomaníacos y la ajustició
(para más abundar, la joven, tras celebrar el matrimonio con
C. Silio, había puesto en mano de los augures una dote),
acabando con su vida. Cuenta Suetonio que el divino Claudio llegó
a jurar ante la guardia pretoriana, bajo promesa de darse muerte,
permanecer célibe de por vida. Volvió a casarse sin
embargo con Agripina la menor (otra que bien bailaba) pero es
probable que en su acción no existiera más propósito
que allanar el terreno a la sucesión incongruente (Claudio
tenía un hijo) de su hijastro Nerón. Probablemente
Claudio siguió célibe, asqueado de la cosa aquella que
horriblemente plasmaría luego Juvenal.
El fragmento
vertido aquí tiene su fundamento en el pesimista retrato de
las costumbres degeneradas a las que han llegado las mujeres en Roma
(¡qué lejos el virtuosismo de una Cornelia!), Roma en
general. Estos “émulos de los dioses” (rivales en
latín), por ser émulos precisamente, por estar cada vez
más cimentados los principios del culto imperial en la Roma de
Juvenal, parecían presos de una extraña tendencia de
absoluta perversión. Desde Tiberio a Domiciano, sólo
Claudio y Vespasiano están libres de prácticas
escabrosas (así en nuestras fuentes) en la leyenda abrupta
del sexo imperial.
¡Ah la
augusta ramera Mesalina, cuánto gozaba con las acometidas de
todos (cunctorum ictus), gozosa reina del falo mostrando su
vientre preñado! Pues ese “noble Británico” es el
hijo que tuvo con… ¿Claudio?, y nos viene a la mente aquel
Naneyo de quien nos hablaba Marcial, que con su lengua experta
adivinaba si lo que había dentro era niño o niña,
pegado a la hinchada vulva. ¡Ah, la zorra Mesalina!, la loba,
pues tanto es así que el nombre de Lycisca viene del griego
lykos, lobo, y que “burdel” en latín se dice
lupanar, el hogar de las lobas. Y acerca de la loba que
amamantó a Romulo y Remo, nos dice racionalmente Livio que hay
quienes dicen que Larentia, la esposa del pastor Faústulo que
recogió a los gemelos, era conocida como lupa por
venderse entre los pastores, y así Roma es hija de una puta y
en ella reina la puta Mesalina. A propósito de esto, la
palabra “prostituirse” procede de prostitit… titulum,
poner en la puerta el nombre y el precio. Mesalina no necesitaba
proxeneta. Ella misma fijaba los honorarios precisos para el goce de
su vulva ardiente. Fijaos en la terrible imagen de esta ilustre
ordeñadora llevando el sucio olor del putiferio al palacio de
los dioses, contaminando su almohada (pulvinar). Fijaos, hijos
de Roma, como nuestra abuela primera fue puta loba y nos dio el
manjar gozoso de la emperatriz puta y todos así, nos cuenta
Juvenal, somos grandes hijos de puta y hablamos el idioma puro de la
putez.
