LIBER CATULLI VERONENSIS: VOL. II

Por Kuratti - 16 de Julio, 2006, 17:19, Categoría: Urbs Roma

       Ahora una de las piezas más conocidas de Catulo, el poema III, canto fúnebre por la muerte del gorrión (passer) de su amada Lesbia. Buen momento, pues, para hablar de esta Lesbia: era costumbre en los poetas antiguos llamar con un seudónimo a la amada correspondiente, nombre que se correspondía métricamente con el real. En el caso que nos ocupa, Lesbia es Clodia o Claudia, y en la denominación elegida por el poeta hay un guiño docto a la poetisa más celebre de la antigüedad, admirada por este Catulo que incluso adaptó una de sus piezas más conocidas en su poema LI que ya leeremos más adelante, Safo de Lesbos, mágica suprema que floreció allá por el siglo VI antes de la era en la isla de Lesbos, lindante con Asia Menor. Como podrás fácilmente imaginar, la poesía lírica de Safo se debatía en el desespero por el abandono de las doncellas a las que educaba en un ambiente refinado, círculos selectos. Estas doncellas abandonaban a la tierna Safo cuando en la flor de su juventud debían tomar marido: cuenta la leyenda que Safo, en un ataque de desesperación, se arrojó desde la roca Leúcade, en el mismo lugar donde había llegado la cabeza de Orfeo tras ser despedazado por las Ménades. Así es la cosa, y por eso hoy se llama a las mujeres de tendencias homosexuales "lesbianas".   

    

      Diremos también que este pequeño y en apariencia inocente poemilla admite una segunda interpretación que no ha pasado desapercibida a los comentaristas al uso: el gorrión de Lesbia, muerto ahora, no era tal gorrión. En el poeta Marcial, evidente seguidor de el de Verona, también se juega con este doble sentido: el gorrión de Lesbia sería el nabo de Catulo. Ovidio, en los  Amores, será más explícito.

     

Poneos de luto, Amores y Deseos,

cuantos hombres gozosos hay:

ha muerto el gorrión de mi niña,

 su gorrión, delicia de mi niña,

a quien amaba más que a sus ojos.

 Pues era de miel y a su dueña

la conocía tan bien como una niña

a su madre, y de su regazo no se apartaba,

sino que saltando aquí, allí, aquí,

llegaba piando junto a su única dueña:

ahora marcha a través del camino tenebroso,

aquel de donde niegan a todos el retorno.

¡Os maldigo, malvadas tinieblas

del Orco, que todo lo bello devoráis:

tan hermoso pájaro me arrebatasteis!

¡Maldita sea! ¡Desgraciado gorrión!

Ahora por ti enrojecen los ojillos,

llorando, hinchados de mi niña.

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