26 de Enero, 2006

UNRATT EL CONSERJE (pensamientos sobre 'Der Letzte Mann')

Por Kuratti - 26 de Enero, 2006, 18:24, Categoría: Cinemático

                Al final de El ángel Azul (1930), el profesor Ratt, llamado Unratt por sus alumnos, el profesor basura, retorna al aula testigo de su pasado esplendor docente en el estoico Liceo berlinés, en busca del contacto último con la integridad escolar, desintegrada ahora por el demoledor paso en su historia de la hermosa bailarina Lola-Lola, en busca de su último suspiro vital, en busca de la muerte cansada, en busca de los despojos primeros de su torrente destrozado por la mefistofélica aparición de la mágicamente carnosa bailarina. Se sienta en su cátedra y se recuesta hastiado, extenuado, abochornado y muerto en vida para la sociedad que una vez lo aceptó como uno de sus más notables miembros, el hombre gallina, Herr Professor Ratt, Unratt, basura humana ahora, aceptando la única respuesta tolerable, la muerte en la muerte, la muerte impregnada de sexo puro, de sexo de Lola-Dietrich.

                En ésta, la obra emblemática de Von Stenberg, la degeneración es el principio que informa uno de los pilares fundamentales de la cultura cinematográfica y, por extensión, de la universal del tiempo humano. Una degeneración del alma que viene proporcionada por la inmensa molicie que atenta contra la recta vida de un constituyente recto del sistema. ¿Qué hay más recto, más inmensamente correcto y moral en la memoria colectiva de nuestro tiempo, que Herr Professor, esa figura en vías de extinción del metódico inductor de saberes, de impoluta reputación y costumbres? Nada. Aquí esta figura se traviste de clown infernal sólo por acariciar los muslos incomparables de Marlene. Y esto, que si se examina con atención, no es otra cosa que la purificación a través de la degradación del mismo ser ético hacia el pozo de los bajos instintos, adquiere trágica apariencia mediante la estilográfica exacta, concisa y punzante del genio de Von Stenberg y la máscara inconmensurable de aquel actor primero, en tiempo y en calibre de ser actor, Emil Jannings.

                Cuando Von Stenberg filmaba la secuencia aludida arriba, debía tener bien presente aquella otra representada por el mismo Jannings seis años antes en otra obra emblemática, la obra majestuosa de otro genio germano, F. W. Murnau, que llevaba por título El Último (Der letzte Mann – 1924). Esta película representa una vuelta de tuerca en la filmografía de Murnau, la que gira desde los patrones habituales del expresionismo y la metafísica que operan en Nosferatu (1922) al realismo exagerado y trágico que entra en acción en el film que nos ocupa. Hay que volver ahora a El Último si realmente hay amor de cine en nosotros, hay que volver a contemplar el drama de este humilde portero para descubrir nuevos cimientos en nuestro ser de alma pura. Murnau, con la colaboración de su fiel guionista, Carl Mayer, nos propone un nuevo descenso a la degeneración del ser humano, pero esta vez no es un camino radical como el de Herr Proffesor Ratt en El ángel azul, sino un desplazamiento obligado por la fuerza de las circunstancias: el portero de un hotel de lujo (interpretado genialmente por Jannings), ya viejo, es relevado de su puesto, pasando a ser el encargado de los servicios. Uno que lea esto podrá pensar que la excusa parece exageradamente leve como para desencadenar toda una tragedia humana. Pues la desencadena. El artista crea de la nada. Murnau crea de la nada. El público americano no comprendió como esto podía ser así, ya que en EE.UU. el trabajo de portero no difería en extremo del de encargado de los servicios (incluso, se dice, ganaba más este último), pero en la Alemania pintada por Murnau, la de la república de Weimar, el abismo social a que este aparentemente irrelevante cambio de puesto conducía, queda expuesto a las claras en este viaje de Murnau, Mayer y Jannings a la trastienda de lo grotesco.

                La confusión del pobre portero, que no entiende nada después de una terrible borrachera en un festín de bodas, hasta que repara en el sentido auténtico de la nueva situación en la que se ve envuelto, se pone de relieve con dos elementos elementales como la vida misma de todos los días del conserje y del trabajador ordinario, fuera de tiempo alguno: su uniforme y las murmuraciones del vecindario. Como Unrrat se despojaba de su cátedra para ir en pos de las piernas imponentes de Lola-Lola, el humilde conserje se tendrá que despojar de su ropaje oficial para ir en busca de la aciaga fatalidad. La forma que tiene Murnau de crear una situación límite en torno a este ropaje, va más allá de la soberana locura de los poetas. Cine, cine de mil kilates desprendiéndose de cada poro de la pantalla, hecha piel transpirante que transpira dolor y fuego.

                Sin necesidad de recurrir a rótulos explicativos, nos enfrenta Murnau a uno de los films más elocuentes de la pantalla, al discurrir entre gritos de cotillas, sucias harpías contaminantes del cerco vital del conserje Ratt. El descenso a los infiernos conduce hasta la escena final en los lavabos que se afilia inmediatamente con aquella de Von Stenberg, más aún por la presencia de idéntico rostro como máscara de la perdición del alma, la de Emil Jannings. Que algún avispado productor impusiera a este instante final, cumbre absoluta del cine que puede llegar a verse jamás en nuestra tierra de ensueños, el absurdo epílogo que corona las copias que de El Último andan en circulación, no produce ningún otro efecto más que realzar de manera majestuosa la verdadera y primera tesis que defiende y ataca este cetro de las musas: que a la putrefacción le sigue la generación espontánea de nuevos héroes felinos que pueden responder perfectamente al nombre de Lola-Lola, (Marlene nuestra, sueño teñido de fuego que quemas la estampa burda de nuestros profesorcillos y los empujas a trabajar en retretes llenos de suciedad de la alta burguesía) y que no hacen otra cosa más que devolvernos la fe en nuestra propia degeneración.

                                                                                                                 Antonio Curado



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