Una reseña del libro de W. Forrest de mismo título con el subtítulo 'El carácter de la política griega, 800-400 a. Ch.'. Una invitación a leer esta obra maestra del ensayo histórico, editada por Akal en España el año 1988 y difícil ahora de encontrar. La foto es del autor de este blog en el teatro de Dioniso (verano del 2005).
Introducirse
en el desarrollo de la convulsa política griega descrita por W. Forrest en esta
obra que nos ocupa, equivale a penetrar en el sentido básico de la
transformación más trascendente del hombre occidental. En este periodo de
cuatro siglos, el espíritu griego avanza desde la moral del agón y del héroe
homérico, desde la sonrisa arcaica de los kuroi y la explicación mítica
del ser de las cosas, hasta la ilustración ideal que conduce durante el siglo V
a los mayores logros de aquel espíritu en los diversos campos del arte, la
literatura y la política.
Parece
ante todo que una idea esencial resalta por encima de todo lo que confiere
Forrest a las páginas de su obra: la desmedida ambición de una población como
la ateniense, madre de la democracia, inflada por las nuevas corrientes de
pensamiento y por su mismo éxito en empresas anteriores (como la lucha
panhelénica ante el enemigo persa), fue el terrible verdugo de la grandeza de
su espíritu. Y eso se detecta desde las primeras líneas, donde se ponen en
parangón la grandeza del drama trágico, máxima manifestación del ser ático, y
la absurda ostentación del poderío naval ateniense antes de la desastrosa
expedición a Sicilia el año 414. ¿Qué duda cabe de que esa era precisamente la
intención de Eurípides al poner en escena Las Troyanas?
Pero
para que se llegara a ese trágico momento, en que la derrota de Atenas en la
guerra del Peloponeso dejaría un estado de cosas tal que el dominio de la Hélade permanecería en
suspenso, hubo de dibujarse una secuencia de actos que tiene por protagonistas
esenciales a personajes claros, hombres como Solón, Clístenes, Efialtes,
Licurgo, Pisístrato. Este es un momento de la historia donde la iniciativa individual en
el contexto del demos, tiene la primera y la última palabra. Estoy
convencido de esto. Son iniciativas individuales las que cambian el estado de
las cosas en la Grecia
que viaja desde la moral homérica a la democracia ateniense. Y también estoy
seguro de que es el conflicto profundo entre el bello ideal del espíritu
ateniense y sus turbias consecuencias (desmedido engreimiento, demagogia) lo
que dejó a la Grecia
sin su más claro timón y, después, en manos del dominio tiránico de Macedonia.
Para
hacernos comprender el proceso que conduce a la desintegración de los sistemas
arcaicos, Forrest nos presenta como paradigma las revoluciones habidas en
Corinto, Esparta y Atenas contra grupos oligárquicos. Pero estas revoluciones
no siempre van a tener como resultado la desintegración de la oligarquía. Sólo
en Atenas se avanzará hacia la democracia. Tanto en Corinto como en Esparta, la
caída de las primitivas oligarquías dará paso a nuevos sistemas aferrados a nuevos
elementos desestabilizadores del demos: eso es lo que ocurre en Corinto,
donde la familia oligarca de los Baquíadas es destronada por Cipselo gracias al
apoyo de la clase hoplita. Ya tenemos aquí el estigma de sociedades que van a
basar su poder en el apoyo a líderes concretos de la clase militar: esto es lo
mismo que ocurre en Roma desde tiempos de Mario.
La
revolución de Esparta se fundamenta a su vez en la constitución del mítico
Licurgo. Forrest divaga unos cuantos párrafos acerca de la cronología de la
ley, y la importancia de esta divagación reside en la propia conclusión del
autor: si Esparta hubiera sido en todos los respectos un estado griego
normal no hubiéramos tenido dificultad en proceder a fijar con mayor precisión
la fecha entre el 660 y el 620. Sería inconcebible que una ciudad inferior a
Corinto se le hubiera adelantado tanto en su evolución política. Las
razones que nos aporta Forrest para rechazar tal fecha atañen a cuestiones de
índole sociocultural. Evidentemente, Esparta fue una sociedad arcaica en muchos
aspectos, aun durante el tiempo de la guerra del Peloponeso, y quizás quepa
afirmar que en franco retroceso cultural. La poesía espartana que conservamos
es la de Tirteo y el Partenio de Alcman, poesía del siglo VII. No hay
producto literario posterior. Y es que la legislación de Licurgo encerró a la
capital del Peloponeso en una única y paradigmática situación de servicio a la
fuerza en la guerra. La oligarquía espartana pronto tuvo a su merced, antes que
tuviera lugar la revolución, la fértil tierra adyacente de Mesenia. Lo que
siguió a esta conquista fue una lucha, como la de Corinto, entre los más
elevados estamentos del poder espartano que concluyeron en la estabilidad
aportada por las reformas de Licurgo (de las que es la gerousía su más
insigne símbolo). Es en esta estabilidad de sistema político, perenne a lo
largo de los años, a salvo de la demagogia e incómodos vaivenes, donde hay que
buscar uno de los fundamentales factores de la caída de Atenas frente a Esparta
en la guerra del Peloponeso.
La
misma situación podía descubrirse en la Atenas del siglo VII. Grupos de familias eupátridas,
oligarcas de buena cuna como los descendientes de Alcmeón, y un consejo supremo
que atribuía su fundación al héroe Teseo, el Areópago, dominaban la escena
política y económica de la ciudad. Pero aquí, la primera instauración de un
código legal, el de Dracón, no va a servir para reforzar el sistema
oligárquico. El resultado de las revueltas legales en Atenas va a ser la
aparición en escena de una serie de personajes que, haciéndose eco de las
necesidades de la población (y esta es la gran revolución, como la de los
Gracos en la Roma
del siglo II) van a permitir el camino hacia el sistema democrático que será la
piedra angular de la admiración que la Atenas del siglo de Pericles infundirá en los
tiempos venideros.
Poco
importa que las acciones de Solón, destinadas a liberar al pueblo del peso
abrumante de las deudas y a ordenar a la población según la riqueza detentada
por cada habitante, se vieran truncadas a corto plazo por la tiranía de
Pisístrato y sus descendientes. Entre los medios utilizados por este Pisístrato
para afianzar y recuperar su poder totalitario, llama la atención una anécdota
narrada por Forrest en el marco de su alianza con Megacles. Y llama la atención
porque resulta curioso, una vez más, el uso que hace el poder de la religión.
Forrest se limita a narrar esto, no lo analiza: una agraciada campesina,
disfrazada con el atuendo de la diosa Atenea, recorrió la región en carro junto
con Pisístrato, y circuló el rumor de que la diosa en persona traía de nuevo a
su favorito. No conocemos otro ejemplo en la antigüedad griega de un
descaro tal en la manipulación de las creencias religiosas. Sin embargo,
Pisístrato fue el instaurador de las distintas celebraciones que trajeron
consigo a la larga las manifestaciones artísticas que hoy todavía nos
conmueven: a las Dionisias se une el nacimiento de la tragedia y a las
Panateneas la grandeza arquitectónica de la Acrópolis ateniense. No
en vano, insiste Forrest, para el pensamiento ático, la época del tirano, no
dejó de ser nunca una especie de Edad de Oro, donde el trabajo pasó a ser algo
más que un medio de subsistencia.
La
amenaza persa y los hitos de Maratón y Salamina enseñan al mundo griego el
poder de la Atenas
Imperial. Vuelvo a aquello que esbozaba al principio: ¿cómo
un pueblo dueño del absoluto don de la belleza, como dice Pericles en el
discurso fúnebre que pone Tucídides en su boca, pudo caer en la inestabilidad
que proporciona la ambición desmedida? Parece claro, a juzgar por las palabras
de Forrest, que las reformas posteriores (la tribal de Clístenes, destinada a
recuperar la fuerza de los Alcmeónidas, el trato de favor ofrecido por Cimón al
demos), tendrían que venir a dar en dos resultados: la iluminación y el
desastre. En Esparta no podía haber demagogos como Cleón, el charlatán que nos
presenta Aristófanes como un vulgar salchichero.
En
este punto, el autor no se demora demasiado: si algo tenemos que reprocharle es
que no pase por la figura de Pericles más que de puntillas, atendiendo al
discurso de Tucídides, dejando incluso que se deslice la insinuación de que el
gran arconte no era más que otro demagogo. Que Atenas se dejó llevar demasiado
por su tendencia hacia lo bello, eso es algo evidente. Al menos los habitantes
que habían ido fraguando la gran revolución social que cristalizó en la
democracia. Pero no pueden olvidarse los hechos sucesivos, como parece hacer el
autor. Los yugos macedónico y romano se encargarán, finalmente, de renovar el
bello ideal de la belleza misma, y dejarán en la trastienda, por el momento,
las conquistas que el griego guerrero había conseguido hasta entonces.
Antonio Curado
