LOS ORÍGENES DE LA DEMOCRACIA GRIEGA

Por Kuratti - 23 de Enero, 2006, 21:23, Categoría: Ex libris

           Una reseña del libro de W. Forrest de mismo título con el subtítulo 'El carácter de la política griega, 800-400 a. Ch.'. Una invitación a leer esta obra maestra del ensayo histórico, editada por Akal en España el año 1988 y difícil ahora de encontrar. La foto es del autor de este blog en el teatro de Dioniso (verano del 2005).


     
Introducirse en el desarrollo de la convulsa política griega descrita por W. Forrest en esta obra que nos ocupa, equivale a penetrar en el sentido básico de la transformación más trascendente del hombre occidental. En este periodo de cuatro siglos, el espíritu griego avanza desde la moral del agón y del héroe homérico, desde la sonrisa arcaica de los kuroi y la explicación mítica del ser de las cosas, hasta la ilustración ideal que conduce durante el siglo V a los mayores logros de aquel espíritu en los diversos campos del arte, la literatura y la política.

            Parece ante todo que una idea esencial resalta por encima de todo lo que confiere Forrest a las páginas de su obra: la desmedida ambición de una población como la ateniense, madre de la democracia, inflada por las nuevas corrientes de pensamiento y por su mismo éxito en empresas anteriores (como la lucha panhelénica ante el enemigo persa), fue el terrible verdugo de la grandeza de su espíritu. Y eso se detecta desde las primeras líneas, donde se ponen en parangón la grandeza del drama trágico, máxima manifestación del ser ático, y la absurda ostentación del poderío naval ateniense antes de la desastrosa expedición a Sicilia el año 414. ¿Qué duda cabe de que esa era precisamente la intención de Eurípides al poner en escena Las Troyanas?

            Pero para que se llegara a ese trágico momento, en que la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso dejaría un estado de cosas tal que el dominio de la Hélade permanecería en suspenso, hubo de dibujarse una secuencia de actos que tiene por protagonistas esenciales a personajes claros, hombres como Solón, Clístenes, Efialtes, Licurgo, Pisístrato. Este es un momento de la historia donde la iniciativa individual en el contexto del demos, tiene la primera y la última palabra. Estoy convencido de esto. Son iniciativas individuales las que cambian el estado de las cosas en la Grecia que viaja desde la moral homérica a la democracia ateniense. Y también estoy seguro de que es el conflicto profundo entre el bello ideal del espíritu ateniense y sus turbias consecuencias (desmedido engreimiento, demagogia) lo que dejó a la Grecia sin su más claro timón y, después, en manos del dominio tiránico de Macedonia.

            Para hacernos comprender el proceso que conduce a la desintegración de los sistemas arcaicos, Forrest nos presenta como paradigma las revoluciones habidas en Corinto, Esparta y Atenas contra grupos oligárquicos. Pero estas revoluciones no siempre van a tener como resultado la desintegración de la oligarquía. Sólo en Atenas se avanzará hacia la democracia. Tanto en Corinto como en Esparta, la caída de las primitivas oligarquías dará paso a nuevos sistemas aferrados a nuevos elementos desestabilizadores del demos: eso es lo que ocurre en Corinto, donde la familia oligarca de los Baquíadas es destronada por Cipselo gracias al apoyo de la clase hoplita. Ya tenemos aquí el estigma de sociedades que van a basar su poder en el apoyo a líderes concretos de la clase militar: esto es lo mismo que ocurre en Roma desde tiempos de Mario.

            La revolución de Esparta se fundamenta a su vez en la constitución del mítico Licurgo. Forrest divaga unos cuantos párrafos acerca de la cronología de la ley, y la importancia de esta divagación reside en la propia conclusión del autor: si Esparta hubiera sido en todos los respectos un estado griego normal no hubiéramos tenido dificultad en proceder a fijar con mayor precisión la fecha entre el 660 y el 620. Sería inconcebible que una ciudad inferior a Corinto se le hubiera adelantado tanto en su evolución política. Las razones que nos aporta Forrest para rechazar tal fecha atañen a cuestiones de índole sociocultural. Evidentemente, Esparta fue una sociedad arcaica en muchos aspectos, aun durante el tiempo de la guerra del Peloponeso, y quizás quepa afirmar que en franco retroceso cultural. La poesía espartana que conservamos es la de Tirteo y el Partenio de Alcman, poesía del siglo VII. No hay producto literario posterior. Y es que la legislación de Licurgo encerró a la capital del Peloponeso en una única y paradigmática situación de servicio a la fuerza en la guerra. La oligarquía espartana pronto tuvo a su merced, antes que tuviera lugar la revolución, la fértil tierra adyacente de Mesenia. Lo que siguió a esta conquista fue una lucha, como la de Corinto, entre los más elevados estamentos del poder espartano que concluyeron en la estabilidad aportada por las reformas de Licurgo (de las que es la gerousía su más insigne símbolo). Es en esta estabilidad de sistema político, perenne a lo largo de los años, a salvo de la demagogia e incómodos vaivenes, donde hay que buscar uno de los fundamentales factores de la caída de Atenas frente a Esparta en la guerra del Peloponeso.

            La misma situación podía descubrirse en la Atenas del siglo VII. Grupos de familias eupátridas, oligarcas de buena cuna como los descendientes de Alcmeón, y un consejo supremo que atribuía su fundación al héroe Teseo, el Areópago, dominaban la escena política y económica de la ciudad. Pero aquí, la primera instauración de un código legal, el de Dracón, no va a servir para reforzar el sistema oligárquico. El resultado de las revueltas legales en Atenas va a ser la aparición en escena de una serie de personajes que, haciéndose eco de las necesidades de la población (y esta es la gran revolución, como la de los Gracos en la Roma del siglo II) van a permitir el camino hacia el sistema democrático que será la piedra angular de la admiración que la Atenas del siglo de Pericles infundirá en los tiempos venideros.

            Poco importa que las acciones de Solón, destinadas a liberar al pueblo del peso abrumante de las deudas y a ordenar a la población según la riqueza detentada por cada habitante, se vieran truncadas a corto plazo por la tiranía de Pisístrato y sus descendientes. Entre los medios utilizados por este Pisístrato para afianzar y recuperar su poder totalitario, llama la atención una anécdota narrada por Forrest en el marco de su alianza con Megacles. Y llama la atención porque resulta curioso, una vez más, el uso que hace el poder de la religión. Forrest se limita a narrar esto, no lo analiza: una agraciada campesina, disfrazada con el atuendo de la diosa Atenea, recorrió la región en carro junto con Pisístrato, y circuló el rumor de que la diosa en persona traía de nuevo a su favorito. No conocemos otro ejemplo en la antigüedad griega de un descaro tal en la manipulación de las creencias religiosas. Sin embargo, Pisístrato fue el instaurador de las distintas celebraciones que trajeron consigo a la larga las manifestaciones artísticas que hoy todavía nos conmueven: a las Dionisias se une el nacimiento de la tragedia y a las Panateneas la grandeza arquitectónica de la Acrópolis ateniense. No en vano, insiste Forrest, para el pensamiento ático, la época del tirano, no dejó de ser nunca una especie de Edad de Oro, donde el trabajo pasó a ser algo más que un medio de subsistencia.

            La amenaza persa y los hitos de Maratón y Salamina enseñan al mundo griego el poder de la Atenas Imperial. Vuelvo a aquello que esbozaba al principio: ¿cómo un pueblo dueño del absoluto don de la belleza, como dice Pericles en el discurso fúnebre que pone Tucídides en su boca, pudo caer en la inestabilidad que proporciona la ambición desmedida? Parece claro, a juzgar por las palabras de Forrest, que las reformas posteriores (la tribal de Clístenes, destinada a recuperar la fuerza de los Alcmeónidas, el trato de favor ofrecido por Cimón al demos), tendrían que venir a dar en dos resultados: la iluminación y el desastre. En Esparta no podía haber demagogos como Cleón, el charlatán que nos presenta Aristófanes como un vulgar salchichero.

            En este punto, el autor no se demora demasiado: si algo tenemos que reprocharle es que no pase por la figura de Pericles más que de puntillas, atendiendo al discurso de Tucídides, dejando incluso que se deslice la insinuación de que el gran arconte no era más que otro demagogo. Que Atenas se dejó llevar demasiado por su tendencia hacia lo bello, eso es algo evidente. Al menos los habitantes que habían ido fraguando la gran revolución social que cristalizó en la democracia. Pero no pueden olvidarse los hechos sucesivos, como parece hacer el autor. Los yugos macedónico y romano se encargarán, finalmente, de renovar el bello ideal de la belleza misma, y dejarán en la trastienda, por el momento, las conquistas que el griego guerrero había conseguido hasta entonces.

Antonio Curado


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