11 de Enero, 2006

PIOTR KLIMONSKY

Por Kuratti - 11 de Enero, 2006, 22:12, Categoría: Microensayos de la Realidad

        Un antiguo relato corto: espero que os guste

           
        
La gente no paraba de entrar y salir. Unos, sudorosos, rostros hinchados de odio y dolor, corrían de un lado para otro sin señales de percibir el movimiento que, a su vez, les rodeaba. Gruesas matronas lloraban a mandíbula desencajada, y todo parecía un polvorín. Sin sonidos delimitados, ni voces claras, sólo gemidos y locura, y gente. Los otros no hablaban. Nada emitía su boca pestilente. Magulladuras y desconchones en la piel celebrando los golpes recibidos. Sólo sus ojos llenaban la estancia entera de un dolor más intenso, aún más desconcertante.

               Piotr Klimonsky entró en la sala de espera preguntándose por qué. Su suave caminar, sin excitación, sin violento susurro, era lo que justamente allí faltaba. Y miradas enfermas, mil, se posaron inmediatamente sobre su rostro de dulce mármol. Lo único que consiguió comprender al instante, fue que era él el último. Todos habrían de tener prioridad de sangre maldita. Aquellas viejas rancias y aquellos tiparracos de pestilente aliento.

               Comenzó el fulgurante desfile de empalmados pasaportes ante las llamadas bruscas de empolvadas enfermeras recién salidas de los sueños olvidados. Cada voz era un tronco pesado que alucinaba las esquinas del establo de las errabundas almas en pena que trataban allí mismo dibujos elípticos de sangre.

               El primer monstruo deforme que entró en la consulta del doctor, era un joven jugador de béisbol, todo empapado en sudor y toallas enrojecidas por las patadas recibidas. Piotr Klimonsky refunfuñaba para sus adentros. Aquel tipo enguatado debería estar espantosamente destrozado, de verdad, muerto del todo. Era el perfecto estado de quien jamás a tiempo le permitiría huir de aquel esperpéntico paraje. Una oronda comadrona salió al punto de la salita. Jamás se vió mayor alarde de retorcidos gestículos, gritos y espasmos. El monstruo había muerto. Piotr Klimonsky suspiró de alivio.

               Una mujer de cojera pasmosa entró a continuación. Era lo más parecido a un cohete sin mecha clavado en el ojo de la Luna. Y las luces que se atascaban en el pasillo, iluminaban el magnicidio cometido por su existencia. Pasaba entre los asombrados payasos de la comitiva infernal, como un rayo que alumbrara el opaco misterio de su presencia misma. Era horriblemente coja, pero su elegancia, su ajuste, su mirar divagante y perfil de cobalto suplían para Klimonsky todo aquel caminar desmenbrado. Deseaba su vida, su cuerpo, su fuerza, y que nunca se marchara. Así, allí permanecería Klimonsky siglos de espera, hasta su vuelta al circo. Salió al poco sin cojear.

               Entró una vieja vestida de negro con temblor en la zona del antebrazo. Muerta debería estar, pensó Klimonsky. Un extraño lord británico con una pierna descolgada. En su país, pensó. Una figurante con bultos en la ingle. Un pequeño Einstein dando caladas a un cigarro de menta. Otra figurante. En sus brazos derretidos, volvió a pensar Klimonsky. Entró y salió un filósofo eminente. Un tarado. Otro monstruo deforme. Otra vieja fornida. Otro enguate. Otro, otro, otro marino sin dientes.

               Justo entonces, la empolvada enfermera gritó por la sala el nombre de Piotr Klimonsky, que ni siquiera sabía por qué. Solo comprendió en ese momento que era otro marino desdentado. El hombre de dentro aguardaba detrás de la mesa, con su pestilente aliento, con sus maneras australianas y su sonrisa de pálido alfeñique.

               En aquel instante, mil sueños volaron sobre la cabeza embebida de Klimonsky. Imágenes que repartían los pedazos de todos los visionarios que habían mancillado sus hermosos idilios, de amor. Las trepidantes esquelas de sus rotos juguetes, el maquillaje de inextricables heroínas, y los balbuceos de generales de cuadrilla y todos los botes de colores que le cercaban. Y la sonrisa del doctor, ese pálido alfeñique.

               Sonó la voz de aquella dama melosa que parecía tratar de calmar su creciente desvelo, preparándole para algo que, a partir de aquella irremediable pestilencia, parecía a disponerse a destrozar todo el inviolable entramado de imágenes que Piotr Klimonsky había construido con la ilusión de crecer. Nadie podría explicar la inminente biblia que se dibujaba en la sien de un pelele en manos de desalmada dama y alfeñique de largo batín.

               Replicaba la voz de la señora Klimonsky que se tornaba cada vez más ofensiva.. Replicaba la sonrisa del doctor, apaciguando y preparando los instrumentos de tortura. Desde lo alto de la atalaya respiró el aire de aullidos lastimeros, príncipes y princesas violadas, guitarras destrozadas y alambres de espino. Y llegó el recurso. Tendió el doctor su mano anestésica hacia el blanco rostro de Piotr Klimonsky. La madre pareció comprender la tregua del respiro de su pequeño vástago y descongestionó el rostro. Parecía que el muchacho iba a ceder ante aquel caramelo de palo. Sí. Toda la sonrisa que iluminó sus inocentes facciones, alejaron todos los visos de paranoia que antes habían inundado sus párpados.

               Piotr Klimonsky era hijo único. Pero pronto podría dejar de serlo. Sus tres años de vida habían transcurrido bajo la dulce mirada de una atenta madre y un padre que evidenciaba un pronto interés por convertir a su retoño en todo un señor. Solían vestirle con una pequeña corbata y decorar el aire de sus pequeños rincones con un rítmico sonido melodioso dispuesto a derretir el alma de los abencerrajes. Piotr Klimonsky era un hijo único.

               El doctor, con su estúpida sonrisa y su caramelo de palo, tomó su instrumental. Era todo como un número de ballet, la armonía presagiaba el dulce son de sirenas dentro del sabroso azúcar de esencias frutales. Al último trozo de caramelo, brilló en el extremo de aquella espada transparente, una gota cristalizadora preparada para volar hacia el abismo.

               Piotr Klimonsky comprendió. Aquel cínico de pestilente aliento era el responsable de que aquella diosa divina hubiera dejado de cojear. La máquina comenzó a latir. Los gemidos que antes había aborrecido, brotaron de sus inocentes labios. Ni un solo músculo de su diminuto cuerpo estaba en reposo. Entre madre y doctor lograron aprisionarle en el gran camastrón, pero sus glúteos eran piedra.

               La jeringa entró en la piedra el líquido fluyó por el hueco de sus estrías. Piotr Klimonsky gritó. Piotr Klimonsky grito de nuevo. Piotr Klimonsky giró y arrancó de sus pétreos glúteos la espada transparente. Piotr Klimonsky clavó la jeringa en la garganta del destructor. Asomó el extremo por la comisura del labio inferior mientras chorros de flujo brotaban de su epiglotis.

               El pediatra cayó al suelo. En su rictus sin vida, todavía asomaba la cínica sonrisa que a tantos pequeños asesinos había inspirado la terrorífica herencia de la muerte.

                                                                                                    Antonio Curado, 1997

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