3 de Enero, 2006

MISTERY OF A SHADOW

Por Kuratti - 3 de Enero, 2006, 21:01, Categoría: Roll Over Beethoven

Aquí tenéis una antigua crónica de un concierto toledano de Jonathan Richman celebrado hace más de un año. Iba destinado a un fanzine que nunca salió a la luz, y desempolvando viejos papeles ha aparecido: así sabéis de él. Importante: es una apoteosis de la exageración (a ver si adivináis dónde se encuentran las peores).        

                La cita musical más importante del año en la ciudad, tuvo lugar el día 30 de septiembre en el Café Teatro Pícaro. Me atrevería incluso a insinuar que no sólo musical, sino cultural en sentido laxo, incluyendo en mi axioma cualquier exposición conmemorativa al uso, certamen literario o representación fílmico-teatral (¡estarás pensando en tantas…!). Curiosamente, tal acontecimiento pareció pasar en extremo desapercibido, tanto a la extensa difusión cultural de la ciudad como a los que, incluso, asistieron al evento en cuestión. Las razones por las que ambas cuestiones, la relevancia del hecho y su aparente oscuridad, se produjeron, son la razón de ser de este breve ensayo.

              Me estoy refiriendo al concierto que en la fecha indicada ofreció en susodicho lugar Jonathan Richman, en compañía de su fiel escudero y batería-percusionista Tommy Larkins. Pocas veces tiene uno la oportunidad de disfrutar de la proximidad de una leyenda a tan pocos metros, aquí, por el barrio como quien dice, aunque dicha sensación parece que no fuera acompañada por el parecer de la concurrencia que, en tal noche, decidió acompañar al bostoniano al tour de force que ofreció, gustoso, en el Pícaro.

    Es Mr. Richman un músico único por varias razones, pero lo que tal vez más lo caracterice en el heterogéneo cosmos de la historia del rock, sea el hecho de que muchos lo citan o conocen mientras que pocos lo han escuchado realmente, y si algo han catado, esto es el majestuoso y maldito disco producido por John Cale y grabado junto a un solemne sofrito velvetiano que respondía al nombre de The Modern Lovers. Tal asunto es problemático cuando un admirador cualquiera de tan electrizante banda acude a un concierto de su cabeza visible, y se tropieza con la primitiva imagen de un trovador fiftie con aparente complejo de héroe de Barrie. Pero esto es lo que hay. La más arriesgada acrobacia de la carrera musical de Jonathan Richman ha sido, precisamente, invertir el camino y, a partir de una estudiada apariencia primeriza de discóbolo fan y erudito reconductor del legado del grupo de Lou Reed y John Cale, adoptar una función terrena que ha consistido, inequívocamente, en revivir, con su peculiar modo de procesar la realidad, los clichés más entrañables de una concepción sin retorno de la ingenuidad, sólo perceptible en la fresca impronta de los fifities. El cenit de este modo de entender la realidad es el maravilloso I, Jonathan, donde se incluyen piezas inolvidables como Parties U.S.A., Summer Feeling, o el vibrante Dancin’ in a Lesbian Bar, marca de la casa, que pretendió sonar en el concierto del pasado 30 de septiembre.

                Más todavía, y por si alguien dudara de la trascendencia de tan hierático héroe del crepúsculo, habría que recordarle cómo incluso un redivivo David Bowie se ha atrevido a versionar su famoso Pablo Picasso en el reciente Reality. Habida cuenta que alguien dijo en cierta ocasión de John Hiatt que, cuando Dylan te versiona, eso es que ya has entrado en el panteón, la ecuación resulta diáfana (i.e. The Usual / Hiatt / Dylan = Pablo Picasso / Richman / Bowie).  Y cerca, muy cerca, tuvimos a esta divinidad. Sea como fuere, el bostoniano ha convertido su herencia musical, aumentada este año con una nueva entrega discográfica, Not so much to be loved as to love, en una bandera inequívoca al servicio del rechazo a todo aquello que implica la tecnología contemporánea: no existe ninguna página web que sostenga con explícito apoyo, y su puesta en escena es una escueta composición a dos apenas calibrada por una batería con sordina, golpeada por un Tommy Larkins que apenas muda el rictus en todo el concierto (rictus, por otra parte, completamente inexpresivo), y un par de micros para dar cancha por una parte a su particular babelogo, por otra a su inconfundible toque de guitarra. El instrumento no va enchufado a ningún amplificador y tiene aspecto de haber recorrido tantos caminos como Odiseo de vuelta al hogar.  Alguna vez Mr. Richman ha propuesto con arriesgado éxito venturoso la concurrencia de un tremendo experimento tecnológico, una Fender Stratocaster en escena. Caen chuzos de punta.

Más esto no ocurrió la noche del 30 de septiembre. A la austera presentación sonora se unió la, supongo, expresa insistencia de nuestro héroe para que no se modificara el escaso torrente sonoro que salía de los altavoces del Pícaro. Y aquí acude el acto más heroico que he podido contemplar a lo largo de este año: Jonathan Richman recrimina, aconseja, sugiere a algún miembro del respetable que si quiere escuchar que escuche, que tan sólo debe haber voluntad por medio. Dado que a la gente le importaba un pimiento el asunto, el constante murmullo, ante el que el de Boston ni se inmutaba, y esa curiosa manía de, bailoteando, alejarse de los micrófonos, fue, de facto, un poco complejo disfrutar de un repertorio que se fijó más en su anterior y afamado trabajo Her Mistery of High Heels and a Shadow. Había que poner muy fina la oreja para captar los matices de maravillas como Give Paris One More Chance, o la canción homónima. Más suerte parecieron tener, claro, las piezas cantadas en la lengua de Cervantes (o la que pretende Mr. Richman que lo parezca: cf. Jonathan, te vas a emocionar, estupenda colección de versiones de su cancionero adaptadas al castellano), muy en especial, y como no podía ser de otra forma, la Vampiresa Mujer, del, añado yo, diablo. Esta cancioncilla se ha puesto muy de moda y en extremo afamada a causa de un programa de radio que, por lo visto, la ha convertido en himno. Ni que decir tiene que todo el público que un momento antes sentía tanto interés por Jonathan Richman como yo por la Copa Davis (imagina lo que me importa la Copa Davis), ¡hala, todos cantando a coro! ¡Qué bonito y qué emoción!

                Y se acabó el concierto, con gran desconcierto, por cierto. Y Jonathan Richman desapareció. ¿Un espectro? ¿La sombra que se escapa? Pero Tommy Larkins se quedó por allí y, por fortuna, el hombre, que es largo como una noche de invierno, y más afable de lo que puede suponerse cuando se le ve en escena, andaba buscando charla y dio con este humilde cronista. Estaba muy preocupado porque tenía la impresión de que la cosa no había ido muy bien y me estuvo hablando de lo difícil que era para la extraña pareja girar por USA, justo debido a lo irresoluble de su propuesta. Imagina a Jonathan Richman dando a París una oportunidad más en lo más profundo del corazón de Tejas. A Europa volverán una y otra vez, decía, saliendo al paso de la charla una gran coincidencia entre ambos dialogantes, su profunda admiración por la obra de otro prestidigitador del crono, Bob Dylan.

Probablemente el traslado desde el crepúsculo de Boston no les llevará mucho tiempo. Como una sombra, como un fantasma, Jonathan Richman, desconocedor de la tecnología que permite volar, hecho de materia atemporal, cruzará océanos y mares para reconquistar el espíritu. Y cuando alguien te pregunte por su presencia, ni te acordarás, aun siendo el más importante hecho de tu vida reciente. ¿O es que todos los días tienes la oportunidad de dialogar con una sombra?

                                                                                                              Antonio Curado



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