12 de Diciembre, 2005

BESOS EN LOS SUEÑOS

Por Kuratti - 12 de Diciembre, 2005, 14:47, Categoría: Cinemático

     Escribo esto con doble propósito: demostrar como en el cine, en el gran cine sólo es posible maravillarse por un proceso de repetición, y en segundo lugar, no aburrir al que la cosa esta lea.

Cuando yo era un adolescente, en el primer y definitivo albor del mundo, el vino y el amor gozoso, contemplaron mis ojos una película. Ya sé, muchas películas hay en los ojos de cualquiera, pero ésta fue especial. Mis ojos, mi cerebro, mi corazón, quedaron trastornados por completo (no maravillados, que es algo que hay que demostrar). Se llamaba "Besos Robados", francesa, del 68, y, para más señas, la dirigía FranÇois Truffaut. No la vi aisladamente, pues ya había disfrutado en cadena de toda una recopilación de imágenes salvajes por parte de este caballero de la maestría. Tampoco desconocía que "Baisers volés" (así en francés) se insertaba dentro de una serie que tenía por protagonista a un muchachito retraído, siempre obsesionado con cuestiones de soledad, retraimiento y candidez humana que pronto sospeche reflejo del auténtico Truffaut. Lo interpretaba un joven llamado Jean-Pierre Leaud, acerca del que pronto leería profundas críticas referidas a sus gestos exagerados e histrionismo desesperado, justo lo que a mí me gustaba. Su nombre, ANTOINE DOINEL.

Ya había visto las dos anteriores aventuras de Doinel, "400 golpes" (1960) y "El amor a los veinte años" (1965) pero a pesar del azaroso vaivén que sentí dentro de mí, nada fue como con "Besos robados". Fue problema de actitud. Mío. Yo era definitivamente como Antoine Doinel (si algún día tienes oportunidad de mirar mi firma, veras que pone ANTOINE) y yo me había enamorado de Fabian Tabare, jamás me dejaría atrapar por el loco sistema de un mundo que precisamente ESO pretendía.

En "Besos robados" vemos a Doinel expulsado del ejército por incompetencia, buscando trabajo, los más dispares del mundo, que le conducen a todos los sentimientos posibles y a todas las situaciones imaginables. El empleo más duradero es en una agencia de detectives. Aquí nace toda la poesía… Pero me adelanto. Vi después "Domicilio conyugal" (1974) y "El amor en fuga" (1978), pero no sentí la misma magia. Perdí entonces la pista de Doinel. Sólo "400 golpes" pasó alguna vez ante mi mirada.

Ya más crecidito llegó a mis manos una copia en vídeo de la película. Como supondrás, todo un acontecimiento. Y temor, porque sabía que en años uno cambia, y prefieren retenerse sensaciones antiguas antes que devastarlas con nuevas visiones. Andaba en lo cierto. Sentí cierta desazón. Me pareció una película antológica, puro cine maestro, pero no el interruptor capaz de cambiar la vida de una persona.

Hasta hoy. No soy muy dado a las confesiones, pero hoy he visto de nuevo "Besos robados" y el trastorno se ha apoderado de mí. He quedado literalmente maravillado y ya nada cambiará: esta es la grandiosa repetición. Como no he de extenderme demasiado, simplemente cifro tres aspectos:

1.     De todos es sabido que París es la cuna del amor (uno siempre albergará dudas sobre si Bogart tiene la culpa de todo). Las andanzas de Doinel son en París, y el amor ocupa el lugar primordial en ellas: por un lado Christine D"Arbon, la bella muchachita que el sistema impone como lógica extensión del muchacho, la novia ideal a la que le une un extraño sentimiento catuliano de amor/odio (en realidad el amor es hacia ella y el odio hacia el aburrimiento, de lo que tendremos cuenta en "Domicilio conyugal" donde Christine es ya su esposa); por otro, Fabian Tabare, mujer casada a la que conoce por motivos de trabajo. Ahora volvemos a ello, pero antes de abandonar a Christine, ¡qué magistral lección de cine ese simple plano medio corto de Antoine recitando ante el espejo los nombres de sus dos mujeres para concluir en un exasperante ANTOINE DOINEL! El lado oscuro son las putas. Porque es putero Doinel, escape maravilloso y fundamental al que acude cada vez que necesita sentirse algo. Un compañero de la agencia de detectives le cuenta la historia de cómo cuando un querido tío suyo murió, su prima y él se lo hicieron en el granero. Cuando Antoine sale del entierro de otro compañero (el que le había conseguido el trabajo en la agencia), se va de putas. Siempre han casado bien sexo y muerte. Vuelvo al principio; esto es París, pero como la película es de Truffaut, ¡da lo mismo! O sea, que no se trata del tópico "París ciudad del amor", sino el hábitat natural del autor que igual belleza y delicado pulso habría demostrado en  Murcia de ser murciano.

2.     Fabian Tabare. De aparición la califica Antoine. Ella se llama en su único encuentro amoroso mujer excepcional, sí, pero porque todos somos excepcionales por únicos e insustituibles. Ella ha visto desde el autobús a todas las mujeres maquilladas como ella, vidas comunes pero todas excepcionales. Está encarnada por Delphine Seyrig, a quien los aficionados al cine de Buñuel recordarán en "El discreto encanto de la burguesía" (la mujer de Fernando Re, creo recordar). Pero no es la actriz. Es Fabian Tabare. Y en efecto, es una aparición. ¿Qué extraña neblina la rodea para tal poder de seducción ejercer sobre cualquier Antoine Doinel que por la avenida camine? Son nuestras vidas lastimosas, que duda cabe, pero ¡qué grandiosidad se respira en encontrar en una zapatería a la mujer que mejor anda del mundo, y que precisamente sea la mujer del propietario! Aquí mis posibilidades de sintetizar se desbordan. Simplemente decir que si algún día ves la película observes como entre los gráciles paseos del amor hay engranajes subterráneos que se encargan de llamar a los dioses. Esto solo lo comprenderás si ves "Besos robados".

3.     Lo más breve. El gris perseguidor que vemos presente a lo largo del film detrás de Christine. Por amor. Por tratar de robar un beso. Al final, se acercará a la pareja Doinel-D"Arbon y explicará sus intenciones: que ella se separe de todo lo caduco y se una a él, que es definitivo. Según ella, como una cabra ha de estar. Antoine asiente, pero en su asentimiento hay una treta: tal vez no sea ese tipo alguien DEFINITIVO, pero donde sí que ha acertado es en los altibajos caducos que todos, por excepcionales que sean, sufren. Su rostro así lo denota. Y sólo se ve de lado. Eso es cine.

                                                                                                ANTONIO CURADO


OTRO VIEJO ARTÍCULO QUE SUSCRIBO A ESTAS ALTURAS DE PELÍCULA



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